«Entonces alabaré al Señor»
[Salmo 119:169–176]
Dios
es el objeto de nuestra alabanza (Deuteronomio 10:21; Jeremías 17:14). El
propósito por el cual Dios nos creó como nuevas criaturas es «que proclamemos
su alabanza» (Isaías 43:21). En el pasaje de hoy, el Salmo 119:175, el salmista
declara: «Viva mi alma y te alabe, y que tus juicios me ayuden». Aquí, el
salmista ora diciendo que, si el Señor concede vida a su alma, él alabará al
Señor. Centrándome en este versículo y en el título «Entonces alabaré al
Señor», deseo reflexionar sobre tres formas en que nuestras almas pueden cobrar
vida verdaderamente y recibir la gracia que Dios provee. Es mi oración que
nosotros —tanto usted como yo— podamos experimentar esta vida en nuestras almas
y alabar al Señor.
En
primer lugar, para que nuestras almas vivan, debemos ser personas de oración.
Observemos
la primera parte de los versículos 169 y 170 del Salmo 119: «Llegue mi clamor a
tu presencia, oh SEÑOR» (v. 169a) y «Llegue mi súplica a tu presencia» (v.
170a). Para asegurar que su alma viviera, el salmista oraba a Dios, buscando
fervientemente su ayuda (vv. 173, 175). La ayuda que el salmista buscaba de
Dios era doble: internamente, pedía entendimiento conforme a la palabra de Dios
(v. 169) y, externamente, buscaba liberación (v. 170) o «tu salvación» (v.
174). En segundo lugar, para que nuestras almas vivan, debemos convertirnos en
almas que se deleitan en la palabra del Señor.
Observemos
el Salmo 119:174: «Anhelo tu salvación, oh SEÑOR, y tu ley es mi deleite». En
una situación en la que necesitaba desesperadamente la ayuda de Dios, el
salmista eligió la palabra de Dios porque se deleitaba en ella. Luego, permitió
ser guiado por esa palabra al presentar sus peticiones a Dios. Por
consiguiente, él confiaba en que Dios lo libraría. En otras palabras, el
salmista tenía la certeza de que recibiría ayuda (versículos 173, 175) y
liberación (versículo 170) conforme a la palabra del Señor (versículo 170). Al
igual que el salmista, nosotros también debemos poseer la seguridad de la
salvación. Para ello, debemos dejarnos guiar por la palabra de Dios. Debemos ser
instruidos por esa palabra (versículo 171) y debemos comprenderla y asimilarla
(versículo 169). Debemos deleitarnos en la palabra de Dios (versículo 174).
Finalmente,
para que nuestras almas vivan, debemos llegar a ser como una oveja perdida.
Observemos
el Salmo 119:176: «Me he extraviado como oveja perdida; busca a tu siervo,
porque no he olvidado tus mandamientos». Aquí, un alma como una oveja perdida
se refiere a un alma que se reconoce a sí misma como pecadora. Es notable que
el salmista confiese haberse extraviado como una oveja perdida, aun cuando no
había olvidado los mandamientos del Señor (versículo 176). Esta confesión
implica que no es que pequemos *a pesar* de recordar la palabra; más bien, como
no olvidamos la palabra, nos examinamos constantemente a la luz de ella y, por
tanto, no podemos negar que somos pecadores. Para que nuestras almas vivan,
debemos cultivar el buen hábito —al igual que el salmista— de examinarnos
continuamente a la luz de la Palabra de Dios, la cual mantenemos siempre
presente. Al hacerlo, necesitamos la humildad para reconocer nuestro propio
pecado y admitir ante Dios y su Palabra que somos pecadores. Cuando oramos a
Dios con tal humildad, Él responde a nuestras oraciones.
Para
alabar al Señor, nuestras almas deben estar vivas. Para que nuestras almas
vivan, debemos orar a Dios y deleitarnos en su Palabra; es a través de la
oración y de la Palabra de Dios que nuestras almas hallan vida. Además, para
que nuestras almas vivan, debemos llegar a ser como una oveja perdida; es
decir, debemos reconocer que somos pecadores. Por ello, oro para que todos
experimentemos esta vida en nuestras almas y alabemos a nuestro Señor.
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