El beso de la abuela Jang
El
pasado lunes (10 de septiembre), visité la residencia de ancianos por primera
vez en casi tres semanas para ver a dos queridas miembros de nuestra iglesia:
la diaconisa mayor Park Chun-hee y la abuela Jang Eul-soo. La diaconisa mayor
Park, que padece demencia avanzada, estaba dormida cuando llegué, tal como
había ocurrido en visitas anteriores. Tras comprobar brevemente cómo se
encontraba, fui a la habitación donde se alojaba la abuela Jang; ella estaba
dormida, pero pareció percibir mi presencia, pues despertó y extendió
alegremente la mano para estrechar la mía con firmeza. Le conté a la abuela
Jang que había regresado a salvo de Corea y Mongolia —gracias a la gracia de
Dios— y luego cantamos el himno número 40, uno de sus favoritos. Ella comentó
que, al no haber podido cantar sus himnos predilectos (el n.º 40 y el n.º 355)
ni recitar el Salmo 23 durante las últimas tres semanas, había olvidado gran
parte de la letra. Así que, mientras cantábamos repetidamente la primera y la
segunda estrofa del himno número 40, la observé cantar conmigo y vi cómo su
memoria empezaba a recuperarse. Se quejó de que sentía calor en la cabeza, por
lo que puse mi mano sobre ella y oré a Dios; aun en ese momento, ella respondió
con vigorosos «Amén, amén». Cuando llegó la hora de marcharse y me despedí,
ella extendió la mano; mientras yo la sostenía con firmeza, de repente levantó
la cabeza y besó el dorso de mi mano. En respuesta, sin soltar su mano, besé el
dorso de la suya. La abuela Jang aguarda con ilusión el día en que Jesús la
llame a su hogar; anhela fervientemente alzar el vuelo y ser acogida en el
abrazo del Señor. Creemos que, a su debido tiempo, el Señor llamará a la abuela
Jang a su seno y la besará, tal como el padre besó al hijo pródigo a su
regreso.
[13
de septiembre de 2007]
댓글
댓글 쓰기