Capítulo 3: ¿Qué significa vaciarnos de nosotros mismos y
servir al prójimo como siervos?
En los capítulos 1 y 2 examinamos el significado
del vaciamiento de Jesucristo y la vida de vaciamiento que se requiere de los
cristianos que siguen al Señor. Entonces
queda una pregunta: «¿Cómo se manifiesta en la vida el hecho de que un
cristiano se vacíe de sí mismo?» La
respuesta que nos da la Biblia es clara: Quien se vacía de sí mismo se hace
siervo y sirve a su prójimo.
El vaciamiento no termina simplemente con
abandonar nuestros deseos egoístas. Cuando vaciamos el corazón del deseo de ser
nuestros propios dueños y somos llenos de la mente de Cristo, naturalmente
comenzamos a considerar no solamente nuestros propios intereses, sino también
los intereses de los demás. Por eso, uno
de los frutos más evidentes de una vida de vaciamiento es precisamente el
servicio. Jesucristo, aunque existía
en forma de Dios, se vació a sí mismo y tomó forma de siervo (Filipenses
2:6–7). El Señor de todo el universo no vino para ser servido, sino para servir
y dar su vida en rescate por muchos (Mateo 20:28). Entonces, ¿cómo debemos vivir nosotros, que
hemos recibido la gracia del vaciamiento de Cristo? En el hogar, en la iglesia, en el lugar de
trabajo y delante de cada prójimo que encontramos, debemos abandonar una vida
que busca exaltarnos y avanzar hacia una vida en la que nos vaciamos para
servir a los demás. Esta realidad se
manifiesta con especial claridad en el momento en que Jesús lavó los pies de
sus discípulos.
Quien se vacía de sí mismo se humilla y
sirve
En Juan 13:14–15, Jesús dice a sus discípulos: «Pues
si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis
lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como
yo os he hecho, vosotros también hagáis».
Jesús no enseñó el servicio solamente con palabras. Él mismo se levantó,
se quitó su manto, se ciñó una toalla y lavó los pies de sus discípulos (Juan
13:4–5). En aquella época, como las
personas caminaban con sandalias por caminos polvorientos, era común que sus
pies quedaran cubiertos de tierra y polvo. Por eso, lavar los pies era un acto
de servicio realizado desde la posición más humilde. Pero ¿quién hizo ese trabajo? Jesús, el Maestro y Señor de los discípulos. Aunque seguían a Jesús, los discípulos
discutían con frecuencia acerca de quién era el mayor entre ellos. Pero Jesús, ante la cruz que se aproximaba, en
vez de exaltarse, se inclinó personalmente y lavó los pies de sus discípulos. Delante de aquellos discípulos, el Señor se
inclinó en lugar de exaltarse. Este
es el vaciamiento que Jesús nos mostró. Vaciarse
no consiste simplemente en renunciar a lo que poseemos. Consiste en vaciar el corazón del deseo de
exaltarnos. Es vaciar delante de Dios
nuestro deseo de ser reconocidos, nuestro deseo de recibir un trato especial,
nuestro deseo de que otros reconozcan nuestros esfuerzos y nuestro deseo de
ocupar una posición superior a la de los demás.
Por eso, la humildad no consiste simplemente en pensar poco de nosotros
mismos. La verdadera humildad consiste
en vaciarnos de la idea de que merecemos un trato especial y escoger
voluntariamente el lugar más humilde para el bien de los demás. Jesús era el Señor, pero ocupó el lugar de un
siervo. Nosotros tampoco debemos pensar
que, por nuestro cargo, experiencia profesional, educación, riqueza o posición
social, merecemos un trato superior al de los demás. Más bien, debemos utilizar
lo que tenemos para servirlos. En el
hogar, en la iglesia y en el trabajo, en vez de buscar mostrarnos y exaltarnos,
debemos escoger voluntariamente el lugar humilde para atender las necesidades
de los demás y procurar el bien de la comunidad. Esta es la vida de quien se vacía de sí
mismo y se hace siervo.
Quien se vacía de sí mismo cubre las
faltas de su prójimo
Cuando meditamos en Jesús lavando los pies de sus
discípulos, también debemos considerar cómo tratamos las debilidades y faltas
de los demás. Así como el Señor se
humilló y sirvió a sus discípulos, cuando descubrimos las debilidades de otra
persona no debemos utilizarlas como un medio para exaltarnos, sino recibir a
esa persona con amor y procurar su restauración. Descubrimos con demasiada facilidad las
debilidades de los demás. Cuanto más
cercana es una persona, más faltas vemos.
Conocemos muy bien los defectos de nuestro cónyuge, las limitaciones de
nuestros hijos, los errores de nuestros compañeros de trabajo y las debilidades
de nuestros hermanos de la iglesia. El
problema es qué hacemos después de ver esas faltas. El mundo procura exponer las faltas de otros
para exaltarse a sí mismo. Pero cuando
el cristiano descubre una falta, no debe aprovecharse de ella, sino cubrirla
con amor. Proverbios 17:9 dice: «El que
cubre la falta busca amistad; mas el que la divulga, aparta al amigo». Cubrir una falta no significa fingir que el
mal nunca ocurrió ni tolerar el pecado sin hacer nada. Significa que, cuando vemos el error de
alguien, no lo difundimos entre otras personas ni lo utilizamos como arma de
condenación, sino que procuramos restaurar a esa persona con amor y verdad. Primera de Corintios 13:5 también dice que el
amor «no guarda rencor» o «no lleva cuenta del mal». La palabra griega traducida aquí con la idea
de «llevar cuenta», logizomai, tiene el sentido de calcular o registrar
algo en un libro de cuentas. El amor no
registra los errores de otra persona en el libro de cuentas del corazón para
sacarlos más adelante y utilizarlos contra ella. Por eso, vaciarnos en amor se manifiesta de
las siguientes maneras.
Primero, no sacamos repetidamente los
errores del pasado
Cuando un matrimonio discute, no debe atacar
continuamente al otro diciendo: «Tú también hiciste lo mismo antes». Cuando un compañero de trabajo comete un
error, no debemos sacar errores de hace varios años para juzgar quién es esa
persona hoy. Si hemos perdonado, no
debemos seguir registrando aquella falta en el libro de cuentas de la
condenación.
Segundo, no interpretamos
precipitadamente como malas las motivaciones del otro
Es
muy fácil malinterpretar las acciones de otras personas. «Seguramente dijo eso para despreciarme». «Seguramente actuó así porque no me quiere». «Está haciendo eso porque quiere quitarme mi
lugar». Cuando juzgamos el corazón de
otra persona basándonos en pensamientos no confirmados como estos, podemos
convertir en pecado dentro de nuestra mente algo que en realidad nunca sucedió. Quien se ha vaciado de sí mismo no convierte
su propio juicio en una norma absoluta. Primero
pregunta: «¿Será posible que yo haya entendido mal?» Y, cuando sea posible, habla directamente
con la persona, confirma los hechos y deja abierta la posibilidad de que el
otro haya tenido una buena intención.
Tercero, no seguimos alimentando odio y
resentimiento en el corazón
Si
repasamos una y otra vez en nuestra mente el error de otra persona, incluso una
pequeña herida puede crecer hasta convertirse en ira y resentimiento. Por eso, en vez de aferrarnos a las faltas de
los demás y alimentar el odio, debemos encomendar el asunto a Dios y responder
con amor. Podemos cubrir las faltas de
los demás porque nosotros mismos hemos recibido primero el perdón de Dios. Dios conoce todas nuestras faltas y, sin
embargo, nos ha perdonado en Cristo. Por
eso, quien ha sido perdonado perdona. Quien
ha recibido gracia extiende gracia. Cuanto
mayor sea el perdón que hemos recibido, más debe cambiar nuestra actitud hacia
las faltas de los demás.
Quien se vacía de sí mismo sirve no solo
con palabras, sino con hechos
Después de lavar los pies de sus discípulos, Jesús
dijo: «Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también
hagáis» (Juan 13:15). El Señor no se
limitó a explicar el servicio. Él
mismo lo practicó. Este es también
un principio sumamente importante para nosotros hoy. El vaciamiento debe demostrarse mediante
acciones. Primera de Juan 3:18 nos
exhorta: «Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en
verdad». También en aquella época había
personas que afirmaban amar a sus hermanos, pero en la práctica daban la
espalda a quienes estaban pasando necesidad.
Juan
no reconocía tal amor como verdadero. Si
sabemos lo que alguien necesita y, sin embargo, no hacemos nada, no basta con
decir que lo amamos (versículo 17). El
amor debe manifestarse mediante acciones.
Al hambriento hay que darle alimento.
Debemos dedicar tiempo a acompañar al que está solo. Debemos ofrecer ayuda concreta al que está
sufriendo. A quien debemos perdonar,
debemos perdonarlo. Si yo soy quien debe
disculparse primero, debo hacerlo primero.
Si veo a alguien que necesita ayuda, no debo pasar de largo pensando:
«Alguien lo hará». Estas son expresiones
concretas de una vida en la que nos vaciamos y vivimos como siervos. Santiago también afirma que la fe sin obras
está muerta (Santiago 2:17). El mismo
principio se aplica al amor. El amor
sin obras no puede manifestar el fruto del amor en nuestra vida. Por muy fervientemente que adoremos en la
iglesia, por mucho conocimiento bíblico que tengamos y por muy hermoso que sea
nuestro lenguaje espiritual, si en casa no servimos a nuestro cónyuge, en el
trabajo no mostramos consideración hacia nuestros compañeros y damos la espalda
al prójimo que sufre, nuestro vaciamiento todavía no se ha convertido en vida. Jesús lavó los pies de sus discípulos. Por eso debemos preguntarnos: ¿Los pies de
quién debo lavar hoy? Por supuesto,
esto no significa únicamente que hoy debamos lavar literalmente los pies de
otra persona. La pregunta importante es
si estamos dispuestos, por amor, a hacer aquello que no queremos hacer, aquello
que nadie reconocerá y aquello que nuestro orgullo se resiste a hacer. ¿Puedo ser el primero en hacer un trabajo que
nadie reconoce? ¿Puedo amar primero
aunque la otra persona no me haya tratado bien primero? Ante preguntas como estas se manifiesta
concretamente la realidad de nuestro vaciamiento.
El vaciamiento finalmente se manifiesta
en el servicio
Ahora podemos ver claramente la dirección de una
vida de vaciamiento. Jesús se vació a sí
mismo. El Señor que se vació tomó forma
de siervo. El Señor que se hizo siervo
lavó los pies de sus discípulos. Y dijo
a sus discípulos: «Como yo os he hecho, vosotros también hagáis». Por eso, el vaciamiento cristiano nunca es
solamente una disciplina espiritual para beneficio personal. Es una vida en la que, cuanto más me vacío,
más pueden otros ser restaurados; cuanto más me humillo, más pueden otros ser
edificados; y cuanto más sirvo, más fluye el amor de Dios hacia mi prójimo. Por eso debemos preguntarnos: ¿Estoy
vaciándome del deseo de ser reconocido y sirviendo aun donde nadie me ve? Cuando descubro las faltas de otra persona,
¿las expongo o recibo a esa persona con amor?
¿Amo solamente con palabras o amo mediante acciones concretas? Debemos presentarnos con sinceridad ante
estas preguntas. Vaciarme de mí mismo no
significa desaparecer. Tampoco significa
renunciar a mi personalidad ni a mis responsabilidades. Significa vaciar de mi interior el deseo de
entronizarme como rey y recibir en ese lugar la mente de Cristo. En una persona llena de la mente de Cristo,
el vaciamiento produce frutos de amor y servicio. Cuando vacío mi deseo de ser el centro, puedo
considerar el bien de los demás y servirlos voluntariamente. Jesús se vació a sí mismo para servirnos. Ahora nosotros, como personas que hemos
recibido esa gracia, debemos vaciarnos del deseo de exaltarnos y de ser
nuestros propios dueños, y vivir buscando la voluntad de Dios y el bien de
nuestro prójimo antes que nuestra propia voluntad e intereses. El verdadero vaciamiento no termina
simplemente renunciando a algo. Debemos
llenar con la mente de Cristo el lugar que hemos vaciado y avanzar hacia una
vida de servicio al prójimo con la humildad y el amor que el Señor mismo nos
mostró. En definitiva, el vaciamiento
cristiano no significa eliminar nuestro ser.
Significa vaciarnos del deseo de ser nuestros propios dueños y
entregar a Cristo el centro de nuestra vida.
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