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4장: “교만” 비우기

4 장 : “ 교만 ” 비우기                 앞에서 우리는 예수 그리스도께서 자신을 비워 종의 형체를 취하셨고 , 그분을 따르는 제자의 비움이 사랑과 섬김으로 나타나야 함을 살펴보았습니다 . 이 제부터는 우리 안에서 구체적으로 무엇을 비워야 하는지 하나씩 말씀 앞에서 살펴보려고 합니다 .   그 첫 번째가 ‘ 교만 ’ 입니다 .   비움은 내 안에 있는 죄를 감추는 것이 아닙니다 .   하나님 앞에 그 죄를 드러내고 인정하는 데서 시작됩니다 .   교만을 발견하면 교만을 하나님 앞에 내어놓고 , 그 교만에서 돌이켜야 합니다 .   내 안에 있는 명예욕과 인정받고 싶은 욕구 , 남보다 높아지고 싶은 마음 , 내 생각이 옳다고 주장하려는 고집을 말씀의 빛 앞에 드러내야 합니다 .   그때 비로소 진정한 비움이 시작됩니다 .   인간의 타락한 본성 가운데 가장 뿌리 깊은 죄악 중 하나가 바로 교만입니다 .   교만은 나를 구원하신 하나님의 은혜를 잊게 하고 , 마땅히 하나님께 돌아가야 할 영광을 자신에게 돌리게 합니다 .   또한 하나님이 주신 자리와 은혜를 감사하기보다 그것을 발판 삼아 스스로를 높이게 만듭니다 .   우리가 일터와 가정 , 그리고 교회 공동체에서 주님을 섬긴다고 말하면서도 다른 사람에게 대접받기를 기대하고 , 내 뜻이 받아들여지지 않을 때 분노하며 , 다른 사람의 허물은 크게 보면서 내 허물은 보지 못한다면 , 우리는 내 안에 교만이 자리하고 있지는 않은지 돌아보아야 합니다 .   교만은 단순히 자존심이 강한 성격의 문제가 아닙니다 .   하나님보다 나를 앞세우는 마음의 방향이며 , 하나님께서 받으셔야 할 영광을 내가 차지하려는 죄의 태도입니다 .   그러므로 내 ...

Capítulo 3: ¿Qué significa vaciarnos de nosotros mismos y servir al prójimo como siervos?

 

Capítulo 3: ¿Qué significa vaciarnos de nosotros mismos y servir al prójimo como siervos?

 

 

 

 

En los capítulos 1 y 2 examinamos el significado del vaciamiento de Jesucristo y la vida de vaciamiento que se requiere de los cristianos que siguen al Señor.  Entonces queda una pregunta: «¿Cómo se manifiesta en la vida el hecho de que un cristiano se vacíe de sí mismo?»  La respuesta que nos da la Biblia es clara: Quien se vacía de sí mismo se hace siervo y sirve a su prójimo.

 

El vaciamiento no termina simplemente con abandonar nuestros deseos egoístas. Cuando vaciamos el corazón del deseo de ser nuestros propios dueños y somos llenos de la mente de Cristo, naturalmente comenzamos a considerar no solamente nuestros propios intereses, sino también los intereses de los demás.  Por eso, uno de los frutos más evidentes de una vida de vaciamiento es precisamente el servicio.  Jesucristo, aunque existía en forma de Dios, se vació a sí mismo y tomó forma de siervo (Filipenses 2:6–7). El Señor de todo el universo no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos (Mateo 20:28).  Entonces, ¿cómo debemos vivir nosotros, que hemos recibido la gracia del vaciamiento de Cristo?  En el hogar, en la iglesia, en el lugar de trabajo y delante de cada prójimo que encontramos, debemos abandonar una vida que busca exaltarnos y avanzar hacia una vida en la que nos vaciamos para servir a los demás.  Esta realidad se manifiesta con especial claridad en el momento en que Jesús lavó los pies de sus discípulos.

 

Quien se vacía de sí mismo se humilla y sirve

En Juan 13:14–15, Jesús dice a sus discípulos: «Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis».  Jesús no enseñó el servicio solamente con palabras. Él mismo se levantó, se quitó su manto, se ciñó una toalla y lavó los pies de sus discípulos (Juan 13:4–5).  En aquella época, como las personas caminaban con sandalias por caminos polvorientos, era común que sus pies quedaran cubiertos de tierra y polvo. Por eso, lavar los pies era un acto de servicio realizado desde la posición más humilde.  Pero ¿quién hizo ese trabajo?  Jesús, el Maestro y Señor de los discípulos.  Aunque seguían a Jesús, los discípulos discutían con frecuencia acerca de quién era el mayor entre ellos.  Pero Jesús, ante la cruz que se aproximaba, en vez de exaltarse, se inclinó personalmente y lavó los pies de sus discípulos.  Delante de aquellos discípulos, el Señor se inclinó en lugar de exaltarse.  Este es el vaciamiento que Jesús nos mostró.  Vaciarse no consiste simplemente en renunciar a lo que poseemos.  Consiste en vaciar el corazón del deseo de exaltarnos.  Es vaciar delante de Dios nuestro deseo de ser reconocidos, nuestro deseo de recibir un trato especial, nuestro deseo de que otros reconozcan nuestros esfuerzos y nuestro deseo de ocupar una posición superior a la de los demás.  Por eso, la humildad no consiste simplemente en pensar poco de nosotros mismos.  La verdadera humildad consiste en vaciarnos de la idea de que merecemos un trato especial y escoger voluntariamente el lugar más humilde para el bien de los demás.  Jesús era el Señor, pero ocupó el lugar de un siervo.  Nosotros tampoco debemos pensar que, por nuestro cargo, experiencia profesional, educación, riqueza o posición social, merecemos un trato superior al de los demás. Más bien, debemos utilizar lo que tenemos para servirlos.  En el hogar, en la iglesia y en el trabajo, en vez de buscar mostrarnos y exaltarnos, debemos escoger voluntariamente el lugar humilde para atender las necesidades de los demás y procurar el bien de la comunidad.  Esta es la vida de quien se vacía de sí mismo y se hace siervo.

 

Quien se vacía de sí mismo cubre las faltas de su prójimo

Cuando meditamos en Jesús lavando los pies de sus discípulos, también debemos considerar cómo tratamos las debilidades y faltas de los demás.  Así como el Señor se humilló y sirvió a sus discípulos, cuando descubrimos las debilidades de otra persona no debemos utilizarlas como un medio para exaltarnos, sino recibir a esa persona con amor y procurar su restauración.  Descubrimos con demasiada facilidad las debilidades de los demás.  Cuanto más cercana es una persona, más faltas vemos.  Conocemos muy bien los defectos de nuestro cónyuge, las limitaciones de nuestros hijos, los errores de nuestros compañeros de trabajo y las debilidades de nuestros hermanos de la iglesia.  El problema es qué hacemos después de ver esas faltas.  El mundo procura exponer las faltas de otros para exaltarse a sí mismo.  Pero cuando el cristiano descubre una falta, no debe aprovecharse de ella, sino cubrirla con amor.  Proverbios 17:9 dice: «El que cubre la falta busca amistad; mas el que la divulga, aparta al amigo».  Cubrir una falta no significa fingir que el mal nunca ocurrió ni tolerar el pecado sin hacer nada.  Significa que, cuando vemos el error de alguien, no lo difundimos entre otras personas ni lo utilizamos como arma de condenación, sino que procuramos restaurar a esa persona con amor y verdad.  Primera de Corintios 13:5 también dice que el amor «no guarda rencor» o «no lleva cuenta del mal».  La palabra griega traducida aquí con la idea de «llevar cuenta», logizomai, tiene el sentido de calcular o registrar algo en un libro de cuentas.  El amor no registra los errores de otra persona en el libro de cuentas del corazón para sacarlos más adelante y utilizarlos contra ella.  Por eso, vaciarnos en amor se manifiesta de las siguientes maneras.

 

Primero, no sacamos repetidamente los errores del pasado

 

Cuando un matrimonio discute, no debe atacar continuamente al otro diciendo: «Tú también hiciste lo mismo antes».  Cuando un compañero de trabajo comete un error, no debemos sacar errores de hace varios años para juzgar quién es esa persona hoy.  Si hemos perdonado, no debemos seguir registrando aquella falta en el libro de cuentas de la condenación. 

 

Segundo, no interpretamos precipitadamente como malas las motivaciones del otro

 

Es muy fácil malinterpretar las acciones de otras personas.  «Seguramente dijo eso para despreciarme».  «Seguramente actuó así porque no me quiere».  «Está haciendo eso porque quiere quitarme mi lugar».  Cuando juzgamos el corazón de otra persona basándonos en pensamientos no confirmados como estos, podemos convertir en pecado dentro de nuestra mente algo que en realidad nunca sucedió.  Quien se ha vaciado de sí mismo no convierte su propio juicio en una norma absoluta.  Primero pregunta: «¿Será posible que yo haya entendido mal?»  Y, cuando sea posible, habla directamente con la persona, confirma los hechos y deja abierta la posibilidad de que el otro haya tenido una buena intención.

 

Tercero, no seguimos alimentando odio y resentimiento en el corazón

 

Si repasamos una y otra vez en nuestra mente el error de otra persona, incluso una pequeña herida puede crecer hasta convertirse en ira y resentimiento.  Por eso, en vez de aferrarnos a las faltas de los demás y alimentar el odio, debemos encomendar el asunto a Dios y responder con amor.  Podemos cubrir las faltas de los demás porque nosotros mismos hemos recibido primero el perdón de Dios.  Dios conoce todas nuestras faltas y, sin embargo, nos ha perdonado en Cristo.  Por eso, quien ha sido perdonado perdona.  Quien ha recibido gracia extiende gracia.  Cuanto mayor sea el perdón que hemos recibido, más debe cambiar nuestra actitud hacia las faltas de los demás.

 

Quien se vacía de sí mismo sirve no solo con palabras, sino con hechos

 

Después de lavar los pies de sus discípulos, Jesús dijo: «Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis» (Juan 13:15).  El Señor no se limitó a explicar el servicio.  Él mismo lo practicó.  Este es también un principio sumamente importante para nosotros hoy.  El vaciamiento debe demostrarse mediante acciones.  Primera de Juan 3:18 nos exhorta: «Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad».  También en aquella época había personas que afirmaban amar a sus hermanos, pero en la práctica daban la espalda a quienes estaban pasando necesidad.

Juan no reconocía tal amor como verdadero.  Si sabemos lo que alguien necesita y, sin embargo, no hacemos nada, no basta con decir que lo amamos (versículo 17).  El amor debe manifestarse mediante acciones.  Al hambriento hay que darle alimento.  Debemos dedicar tiempo a acompañar al que está solo.  Debemos ofrecer ayuda concreta al que está sufriendo.  A quien debemos perdonar, debemos perdonarlo.  Si yo soy quien debe disculparse primero, debo hacerlo primero.  Si veo a alguien que necesita ayuda, no debo pasar de largo pensando: «Alguien lo hará».  Estas son expresiones concretas de una vida en la que nos vaciamos y vivimos como siervos.  Santiago también afirma que la fe sin obras está muerta (Santiago 2:17).  El mismo principio se aplica al amor.  El amor sin obras no puede manifestar el fruto del amor en nuestra vida.  Por muy fervientemente que adoremos en la iglesia, por mucho conocimiento bíblico que tengamos y por muy hermoso que sea nuestro lenguaje espiritual, si en casa no servimos a nuestro cónyuge, en el trabajo no mostramos consideración hacia nuestros compañeros y damos la espalda al prójimo que sufre, nuestro vaciamiento todavía no se ha convertido en vida.  Jesús lavó los pies de sus discípulos.  Por eso debemos preguntarnos: ¿Los pies de quién debo lavar hoy?  Por supuesto, esto no significa únicamente que hoy debamos lavar literalmente los pies de otra persona.  La pregunta importante es si estamos dispuestos, por amor, a hacer aquello que no queremos hacer, aquello que nadie reconocerá y aquello que nuestro orgullo se resiste a hacer.  ¿Puedo ser el primero en hacer un trabajo que nadie reconoce?  ¿Puedo amar primero aunque la otra persona no me haya tratado bien primero?  Ante preguntas como estas se manifiesta concretamente la realidad de nuestro vaciamiento.

 

El vaciamiento finalmente se manifiesta en el servicio

 

Ahora podemos ver claramente la dirección de una vida de vaciamiento.  Jesús se vació a sí mismo.  El Señor que se vació tomó forma de siervo.  El Señor que se hizo siervo lavó los pies de sus discípulos.  Y dijo a sus discípulos: «Como yo os he hecho, vosotros también hagáis».  Por eso, el vaciamiento cristiano nunca es solamente una disciplina espiritual para beneficio personal.  Es una vida en la que, cuanto más me vacío, más pueden otros ser restaurados; cuanto más me humillo, más pueden otros ser edificados; y cuanto más sirvo, más fluye el amor de Dios hacia mi prójimo.  Por eso debemos preguntarnos: ¿Estoy vaciándome del deseo de ser reconocido y sirviendo aun donde nadie me ve?  Cuando descubro las faltas de otra persona, ¿las expongo o recibo a esa persona con amor?  ¿Amo solamente con palabras o amo mediante acciones concretas?  Debemos presentarnos con sinceridad ante estas preguntas.  Vaciarme de mí mismo no significa desaparecer.  Tampoco significa renunciar a mi personalidad ni a mis responsabilidades.  Significa vaciar de mi interior el deseo de entronizarme como rey y recibir en ese lugar la mente de Cristo.  En una persona llena de la mente de Cristo, el vaciamiento produce frutos de amor y servicio.  Cuando vacío mi deseo de ser el centro, puedo considerar el bien de los demás y servirlos voluntariamente.  Jesús se vació a sí mismo para servirnos.  Ahora nosotros, como personas que hemos recibido esa gracia, debemos vaciarnos del deseo de exaltarnos y de ser nuestros propios dueños, y vivir buscando la voluntad de Dios y el bien de nuestro prójimo antes que nuestra propia voluntad e intereses.  El verdadero vaciamiento no termina simplemente renunciando a algo.  Debemos llenar con la mente de Cristo el lugar que hemos vaciado y avanzar hacia una vida de servicio al prójimo con la humildad y el amor que el Señor mismo nos mostró.  En definitiva, el vaciamiento cristiano no significa eliminar nuestro ser.  Significa vaciarnos del deseo de ser nuestros propios dueños y entregar a Cristo el centro de nuestra vida.

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