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第五章:倒空“贪婪”

  第五章:倒空 “ 贪 婪 ”         上一章我 们 借着倒空 “ 骄 傲 ” ,察看了那 颗 想要高 举 自己 过 于上帝、把自己的意思放在首位的心。 现 在第五章,我 们 要 进 一步察看 与 骄 傲一起深深 抓 住我 们 的 灵 魂,使我 们 不能以上帝 为满 足, 并 不 断 抓 取世界之物的 **“ 贪 婪 ”** 。我 们 必 须诚实 地站在上帝的 话语 面前,正 视 住在我 们 里面的 贪 婪, 并学 习 如何 将 它 倒空。 曾担任一家大型 综 合 医 院癌症中心主任的李熙大博士,曾 将 癌 细 胞的生理特点 与 属灵 原 则 作 过 比 较 。正常 细 胞 会 按照一定的秩序生 长 和死亡。然而, 当 基因 发 生 异 常 变 化 时 ,就可能出 现 不 会 正常死亡、反而不 断 增生的 异 常 细 胞, 这 就是癌 细 胞。 癌 细 胞 真 正可怕之 处 ,在于 它 为 了不 断 扩 大和生 长 ,甚至 会 抢夺 正常 细 胞所需要的 宝 贵养 分。 从属灵 的角度 来 看, 这 使我 们 想到 贪 婪:不 断 想要 拥 有更多,最 终 甚至 会 破坏其他事物。 雅各 书 1 章 15 节 宣告: “ 私欲 既 怀 了胎,就生出罪 来 ;罪 既 长 成, 就生出死 来 。 ” 我 们 必 须诚实认识 到, 圣 经 所警告的 贪 婪具有一 种 上 瘾 般的性 质 —— 无 论拥 有多少世上的 财 富,都无法 真 正 满 足 它 。   贪 婪使人无法以上帝已 经赐 下的恩典 为满 足 民 数 记 11 章 让 我 们 看 见 旷 野中的以色列人。他 们没 有 为从 天而降的 吗哪 感恩,反而陷入无止境的欲望。 受到混 杂 在他 们 中 间 之人的影 响 ,他 们开 始 贪恋 肉食, 并 哭喊着要求摩西 给 他 们 肉吃。 贪 婪也 会 这样 借着世俗 风气 进 入信徒 内 心。 他 们 不再 满 足于上帝每天 赐 下的 吗哪 ,甚至 开 始 怀 念曾 经 作奴隶的埃及,把 鱼 、 黄 瓜、西瓜、韭菜、葱和蒜 视为过 去的 “ 美好生活 ” 。 圣 经 把 这种轻 看救恩、向往世界丰盛和欲望的 态 度,看作 对 住在...

Capítulo 5: Vaciar la “codicia”

 

Capítulo 5:

Vaciar la “codicia”

 

 

 

 

En el capítulo anterior examinamos, mediante el vaciamiento del “orgullo”, el corazón que intenta exaltarse por encima de Dios y anteponer su propia voluntad.  Ahora, en el capítulo 5, examinaremos la “codicia”, que junto con el orgullo se apodera profundamente de nuestra alma, nos impide estar satisfechos con Dios y nos lleva a aferrarnos continuamente a las cosas del mundo.  Debemos presentarnos honestamente delante de la Palabra de Dios, enfrentar la verdadera naturaleza de la codicia que habita en nosotros y aprender cómo vaciarla.

 

El Dr. Hee-dae Lee, quien fue director del centro oncológico de un gran hospital general, explicó en cierta ocasión las características fisiológicas de las células cancerosas comparándolas con un principio espiritual.  Según los principios médicos, las células normales del cuerpo deben crecer y morir repetidamente siguiendo un orden determinado.  Sin embargo, cuando se producen mutaciones genéticas anormales, pueden aparecer células deformadas que no mueren y continúan creciendo sin límite.  Estas son las células cancerosas.  Lo verdaderamente temible de las células cancerosas es que, para continuar expandiéndose y creciendo, acaparan incluso los valiosos nutrientes que deberían recibir las células normales.  Se extienden por el cuerpo, arrebatando y consumiendo los nutrientes destinados a otras células.  Considerada espiritualmente, esta característica nos recuerda la codicia, que procura continuamente poseer más y termina destruyendo también aquello que la rodea.  Santiago 1:15 declara un principio espiritual muy claro: “Después que la concupiscencia ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.”  Debemos reconocer honestamente que el monstruo de la codicia contra el cual advierte la Biblia posee una naturaleza adictiva que jamás puede ser satisfecha por ninguna cantidad de posesiones o riquezas de este mundo.

 

La codicia nos impide estar satisfechos con la gracia que Dios nos ha dado

 

Números nos muestra la trágica realidad de los israelitas en el desierto, quienes no agradecieron la gracia del maná recibido de lo alto y quedaron atrapados por deseos interminables.  Números 11:4 y 20 relata cómo comenzaron a desear carne y a lamentar haber salido de Egipto.  Influidos por quienes vivían entre ellos, los israelitas comenzaron a codiciar lo mismo que ellos.  Así también la codicia puede transmitirse mediante las corrientes mundanas y penetrar profundamente en el corazón de los creyentes.  Ya no estuvieron satisfechos con el glorioso maná celestial que Dios les daba cada día. Lloraron, se quejaron y exigieron carne a Moisés.  Su codicia distorsionó su juicio hasta hacerlos añorar Egipto, donde habían vivido miserablemente como esclavos.  Recordaban como tiempos mejores el pescado, los pepinos, melones, puerros, cebollas y ajos que comían allí, y llegaron a considerar mejor aquel lugar de esclavitud que el desierto presente.  La Escritura describe este desprecio por la gracia de la salvación y esta nostalgia por la abundancia del mundo como desprecio hacia el Señor que habitaba entre ellos.  Dios les envió codornices hasta que se hartaron.  Pero la codicia no satisface; puede conducir al juicio y a la destrucción.  Antes de que terminaran de masticar la carne, Dios los hirió con una plaga.  Allí fueron sepultados quienes habían despreciado el maná y no habían abandonado su codicia.  Por eso aquel lugar recibió el nombre de Kibrot-hataava, “sepulcros de la codicia” (Nm. 11:34).  La codicia no satisface el corazón. Finalmente se convierte en un ídolo que devora y destruye a quien la sirve.

 

La codicia lleva a arrebatar incluso los derechos de los demás

 

Más temible todavía es que la codicia no permanece únicamente en el corazón individual, sino que puede perjudicar los derechos y la vida de otras personas.  Lo vemos claramente en el rey Acab.  Acab codició la viña de Nabot porque quería convertirla en huerto. Nabot rechazó su petición para obedecer la ley de Dios acerca de la heredad de sus antepasados.  Cuando su deseo fue rechazado, Acab volvió disgustado al palacio, se acostó, volvió el rostro y se negó a comer (1 R. 21:3–4).  Cuando una persona dominada por la codicia no obtiene el beneficio que desea porque otra persona permanece fiel a los principios de Dios, puede reaccionar con resentimiento y enojo.  Por eso, si nos enojamos simplemente porque no obtuvimos los ingresos o beneficios que deseábamos, debemos preguntarnos si ya estamos siendo dominados por la codicia.  Jesús advierte en Lucas 12:15: “Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.”  Debemos vigilar diariamente nuestro corazón.  Si dejamos la codicia sin vaciarla, puede terminar convirtiéndose en la chispa de una tragedia que destruya incluso nuestra familia.

 

La codicia destruye la familia y la comunidad

 

Jezabel, quien debería haber detenido la codicia de Acab, se unió a ella y prometió apoderarse de la viña de Nabot (1 R. 21:7).  Proverbios 14:1 dice: “La mujer sabia edifica su casa; mas la necia con sus manos la derriba.”  Jezabel llegó a fabricar acusaciones falsas contra Nabot, un hombre justo y fiel.  Contrataron testigos perversos para afirmar falsamente que Nabot había maldecido a Dios y al rey. Finalmente lo sacaron de la ciudad y lo apedrearon hasta matarlo (1 R. 21:13–15).  La codicia no termina simplemente con el deseo de “tener más”.  Cuando no se controla, puede violar los derechos y la reputación de otras personas e incluso terminar quitándoles la vida.  Lo mismo puede suceder hoy.  Si por aumentar nuestros ingresos o asegurar nuestra posición difamamos, expulsamos o herimos injustamente a un compañero fiel que actúa conforme a principios, debemos preguntarnos con temor si nuestro corazón se está contaminando con la codicia de Acab y Jezabel.

 

La codicia roba el contentamiento y produce queja

 

Eclesiastés 7:7 advierte que la codicia puede volver necio aun al sabio y corromper su entendimiento.  Quien está dominado por la codicia se impacienta y se enoja fácilmente cuando no obtiene lo que desea.  Eclesiastés 7:8–9 enseña que la paciencia es mejor que el orgullo y que no debemos apresurarnos a enojarnos.  Quien olvida el verdadero vaciamiento y queda cegado por la codicia intenta satisfacer inmediatamente sus deseos en lugar de esperar con paciencia la obra soberana de Dios.  Cuando las cosas en el trabajo o el hogar no suceden según su voluntad, se queja y se enoja.  Además, quien está contaminado por la codicia vive atrapado en la insatisfacción.  Eclesiastés 7:10 advierte que no es sabio preguntar por qué los tiempos pasados fueron mejores.  La persona dominada por la codicia pregunta continuamente: “¿Por qué mi situación actual es peor que antes?”  No agradece la gracia que Dios concede hoy, sino que vive añorando su antigua prosperidad.  Pero comparar continuamente nuestras posesiones y perseguir glorias pasadas sin agradecer la gracia presente no es la verdadera sabiduría bíblica.

 

La codicia disfrazada de religión

 

Una de las expresiones más repugnantes y sutiles de la codicia cristiana consiste en aparentar exteriormente una vida santa y dedicada a Dios mientras interiormente se adora el dinero.  Lucas 16:14–15 presenta a los fariseos como amantes del dinero.  Exteriormente parecían guardar fielmente la ley, pero interiormente amaban las riquezas y procuraban justificarse delante de las personas.  También hoy existe el peligro de identificar excesivamente el éxito material con la bendición de Dios y justificar la codicia en nombre de la fe.  El crecimiento externo o la abundancia económica de una iglesia no demuestran automáticamente el favor de Dios.  Tampoco una persona debe recibir autoridad espiritual especial simplemente por poseer dinero o posición social.  La iglesia debe valorar la fe, el carácter y el fruto del servicio por encima de la riqueza y la influencia social.  Debemos preguntarnos si detrás de expresiones como “la gracia de Dios”, “respuesta a la oración” o “crecimiento de la iglesia” se esconden deseos de dinero y poder.  El hecho de que algo siga procedimientos legales tampoco significa necesariamente que sea justo delante de Dios.

El Señor examina el corazón y las motivaciones escondidas.  Por eso debemos descubrir y vaciar primero la codicia escondida en nuestro propio corazón antes de juzgar a otros.  Isaías 56:11 advierte severamente contra los líderes espirituales que buscan su propio beneficio y “nunca tienen suficiente”.  Si pastores y líderes encargados de cuidar el rebaño de Dios concentran su corazón en aumentar su riqueza personal, se apartan de la misión recibida.  Cuando incluso el ministerio se utiliza como medio de beneficio personal, la codicia de un líder puede herir profundamente a toda la comunidad.  Jesús dijo a los fariseos en Lucas 11:39 que limpiaban el exterior de la copa mientras interiormente estaban llenos de codicia y maldad.  Exteriormente parecían limpios; interiormente reinaba la codicia.

 

El significado de la codicia contenido en “harpagē”

 

La palabra griega traducida como “codicia” en Lucas 11:39 es harpagē (ρπαγή).  No significa únicamente querer poseer más, sino también arrebatar o explotar lo que pertenece a otra persona para hacerlo propio.  Por eso la codicia denunciada por Jesús no se limita al pensamiento: “Quiero un poco más.”  Cuando crece, puede llevarnos a violar los derechos y posesiones de otros para obtener nuestro propio beneficio.  Si alguien parece piadoso exteriormente pero utiliza y sacrifica a otras personas para su propio provecho, esa es precisamente la codicia religiosa contra la cual advirtió Jesús.  Por eso la codicia es particularmente peligrosa para pastores y líderes.  Podemos decir que amamos a Dios y, al mismo tiempo, depender del dinero más que de Él.  Podemos proclamar desde el púlpito: “Te amo, oh Jehová, fortaleza mía” (Sal. 18:1), pero si en la vida real consideramos el dinero nuestra fuerza, seguridad y garantía del futuro, debemos examinar honestamente nuestro corazón.  El verdadero arrepentimiento no termina en palabras.  Como Juan el Bautista dijo: “Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento” (Mt. 3:8).  Arrepentirse de la codicia significa rechazar ganancias injustas, administrar honestamente los bienes y compartir con otros aquello que Dios nos ha confiado.  Lucas 16:14 llama a los fariseos “amantes del dinero.”  La expresión procede del griego philargyroi (φιλάργυροι) y significa literalmente “personas que aman el dinero”.  Exteriormente parecían servir a Dios, pero interiormente amaban el dinero más que a Dios.  Esto nos plantea una pregunta:  ¿Realmente amo a Dios?  ¿O digo que creo en Dios mientras en realidad confío más en la seguridad y el poder que proporciona el dinero?  Para vaciar la codicia debemos volver nuestra mirada hacia la Palabra.  Salmo 119:11, 36–37 pide que nuestro corazón se incline hacia los testimonios de Dios y no hacia la codicia, y que nuestros ojos se aparten de cosas vanas.  Cuando nuestro corazón se aleja de la Palabra, nuestros ojos se dirigen fácilmente hacia las riquezas del mundo.  Cuando guardamos la Palabra y nos examinamos delante de ella, el Espíritu Santo nos muestra qué amamos y en qué confiamos.  Por eso vaciar la codicia no consiste simplemente en poseer menos dinero, sino en volver nuestro corazón y nuestra mirada hacia Dios.  Primera de Timoteo 6:10 advierte que el amor al dinero es raíz de toda clase de males.  El problema no es el dinero en sí, sino amarlo.  Cuando comenzamos a amarlo, deja de ser una herramienta confiada por Dios y se convierte en un amo que gobierna nuestro corazón.  La codicia susurra: “Con un poco más quedarás satisfecho.”  Pero la codicia no tiene fin.  Cuanto más poseemos, más queremos poseer.  Por eso, si no vaciamos la codicia, ninguna cantidad de bienes nos dará verdadero contentamiento.

 

Debemos guardarnos de la codicia aun en la abundancia

 

En tiempos de dificultad podemos buscar a Dios con mayor fervor.  Pero nuestra fe también es probada en la abundancia.  Cuando aumentan los ingresos y vivimos cómodamente, podemos olvidar que todo procede de la gracia y comenzar a confiar en nuestra capacidad y nuestros bienes.  La abundancia no es pecado.  También debemos agradecer las bendiciones materiales.  Pero cuando la abundancia aleja nuestro corazón de Dios y despierta el deseo de acumular más, puede convertirse en peligro espiritual.  El dinero no es el propósito de la vida.  Es una herramienta confiada por Dios para atender nuestras necesidades, cuidar de nuestra familia, amar al prójimo y cumplir la misión del evangelio.  El problema comienza cuando el dinero deja de ser herramienta y se convierte en amo.  Entonces no utilizamos nosotros el dinero; el dinero comienza a gobernarnos.  Jesús enseñó la importancia de utilizar correctamente las riquezas (Lc. 16:9).  La pregunta decisiva no es cuánto poseemos, sino para quién y para qué utilizamos aquello que Dios nos ha confiado.

 

Debemos vaciar la codicia y aprender el contentamiento

 

¿Cómo debemos vivir en un mundo lleno de tentaciones materiales?  Quienes confesamos a Jesús como Salvador debemos vaciar de nuestro corazón la codicia que el mundo fomenta continuamente.  No debemos entregar nuestro corazón al mensaje de que necesitamos más para ser felices, más que los demás para sentirnos seguros y mayores ahorros para garantizar nuestro futuro.  Como Jesús se vació a sí mismo y obedeció hasta la muerte, nosotros debemos vaciar diariamente el deseo de poseer más y de ser nuestros propios dueños.  Y el corazón vaciado debe ser llenado con Cristo.  Debemos aprender a estar satisfechos no por la abundancia material, sino por Jesucristo mismo.  Debemos recordar el regalo de la vida eterna recibido gratuitamente en Cristo (Ro. 6:23) y el amor de Dios del cual nada puede separarnos (Ro. 8:38–39).  Aunque las circunstancias del hogar o del trabajo sean diferentes de nuestras expectativas, debemos recordar la gracia ya recibida y dar gracias.  Y cuando disfrutamos abundancia, debemos recibirla como algo confiado por Dios.  Vaciar la codicia no significa tirar el dinero ni alejarnos de los bienes materiales.  Significa impedir que el dinero sea el amo de nuestro corazón y reconocer que Dios es el Señor de nuestra vida.  Quien vacía la codicia utiliza sus bienes con gratitud, comparte con quienes necesitan y los pone voluntariamente al servicio de la misión de Dios.  No busca satisfacción en poseer más, sino que aprende a estar satisfecho con la gracia ya recibida en Cristo.  La codicia dice continuamente: “Necesitas tener más.”  La fe confiesa: “En Cristo ya tengo suficiente.”  Este es el camino de vaciar la codicia que debemos practicar diariamente en el hogar, el trabajo y la iglesia.

 

 

Principios y pautas prácticas para vaciar la “codicia”

 

 

 

¿Cómo podemos vaciar la codicia en nuestra vida cotidiana?  La codicia no desaparece mediante una sola decisión.  Debemos examinar diariamente nuestro corazón, utilizar correctamente los bienes que Dios nos ha confiado y permanecer vigilantes para que el deseo de poseer más no se convierta en el amo de nuestro corazón.

 

1.       Aprenda el contentamiento con lo que Dios le ha dado.

 

La codicia susurra: “Con un poco más quedarás satisfecho.”  Pero poseer más no significa necesariamente estar más satisfecho.  No permita que la cantidad de sus posesiones determine su contentamiento.  Recuerde la gracia que Dios ya le ha dado y aprenda el verdadero contentamiento en Jesucristo.  Antes de pensar: “Lo que tengo no es suficiente”, piense: “¡Cuánta gracia me ha dado ya Dios!”  El contentamiento no significa no desear absolutamente nada. Es la disciplina de fe que agradece lo que Dios ha permitido tener y se niega a permitir que el deseo de más gobierne la vida.

 

2.       Practique compartir y dar en vez de aferrarse.

 

La codicia cierra la mano; el amor la abre.  No utilice los bienes que Dios le ha confiado únicamente para su satisfacción y placer.  Utilícelos voluntariamente para cuidar de su familia, amar al prójimo y ayudar a quienes atraviesan dificultades.  El diezmo, la ayuda al necesitado y el compartir pueden servir como disciplinas.  No son simplemente actos religiosos de entregar dinero, sino confesiones vividas de que todo pertenece a Dios y nosotros somos administradores de aquello que Él nos ha confiado.  Compartimos no porque odiemos el dinero, sino porque nos negamos a permitir que se convierta en el amo de nuestro corazón.

3.       Examine diariamente sus deseos delante de la Palabra.

 

Cuando el corazón se aleja de la Palabra, la mirada se dirige fácilmente hacia las riquezas y el éxito.  Pregúntese: “¿Por qué deseo tener más de esto?”  “¿Realmente lo necesito o simplemente quiero tener más que otros?”  “¿Esta decisión utiliza sabiamente lo que Dios me ha confiado o simplemente satisface mi codicia?”  Aprenda a distinguir entre necesidad y deseo.  No compre inmediatamente todo lo que desea.  Espere.  Reduzca gastos innecesarios.  Disminuya un poco las expectativas de su estilo de vida.  Utilice con gratitud lo que ya posee.  Estas son prácticas concretas para vaciar la codicia.

 

4.       Escoja la honestidad en todo lo relacionado con el dinero.

 

El verdadero arrepentimiento produce cambios en la vida.  No justifique el amor al dinero mediante expresiones como “la gracia de Dios” o “respuesta a la oración”.  No abandone la honestidad para obtener mayores ganancias.  No arrebate la parte que corresponde a otros ni obtenga beneficios injustamente.  Administre honestamente ingresos y gastos.  Trabaje y gane dinero de maneras de las cuales no tenga que avergonzarse delante de Dios.  Esto también se aplica a la iglesia y al ministerio.  No utilice la obra de Dios para obtener beneficio o prestigio personal.  Administre de manera honesta y transparente las finanzas y recursos confiados por Dios.  El arrepentimiento de la codicia se manifiesta rechazando ganancias injustas, trabajando honestamente y respetando los derechos de otros.

 

5.       Recuerde la gracia ya recibida y dé gracias.

 

A la codicia y a la gratitud les resulta difícil gobernar simultáneamente el mismo corazón.  La codicia mira lo que falta.  La gratitud mira la gracia ya recibida.  Cuando la situación económica sea difícil, recuerde la gracia que Dios le ha concedido hasta hoy.  Cuando aumenten sus ingresos, no piense que todo se debe únicamente a su capacidad; recuerde que es gracia.  En el hogar, en vez de compararse con otras familias, agradezca lo que Dios ha dado a la suya.  En el trabajo, en vez de quejarse por el cargo o los ingresos de otros, reciba con gratitud el trabajo y las oportunidades que Dios le ha confiado.  Cuanto más profunda sea nuestra gratitud, más se vaciará el deseo de poseer más.  Sin embargo, debemos recordar algo esencial: No podemos vaciar la codicia únicamente mediante nuestra voluntad y esfuerzo.  Incluso pensar “Venceré la codicia con mis propias fuerzas” puede convertirse en otra forma de justicia propia.

 

Necesitamos la gracia de Dios y la ayuda del Espíritu Santo.  Esto no significa permanecer pasivos.  Cuando el Espíritu Santo revela nuestra codicia mediante la Palabra, debemos reconocerla y arrepentirnos.  Debemos abrir la mano cerrada.  Rechazar ganancias injustas.  Compartir lo que poseemos.  Practicar realmente la gratitud y el contentamiento.  La gracia de Dios no nos hace pasivos; nos mueve a obedecer voluntariamente.  Por eso, vaciar la codicia no consiste en transformarnos por nuestra propia fuerza, sino en depender de la gracia y obedecer diariamente la dirección del Espíritu Santo.  Podemos orar: “Señor, muéstrame la codicia que hay en mí y llévame al arrepentimiento.  No permitas que el deseo de poseer más gobierne mi corazón y vacía de mí el deseo de ser mi propio dueño.  Ayúdame a agradecer la gracia que ya me has dado y a vivir contento.  Ayúdame a utilizar honestamente los bienes que me has confiado y a compartirlos voluntariamente.  Espíritu Santo, ayúdame a amar a Dios más que al dinero y a confiar en el Señor más que en las riquezas.” 

 

Entregar así nuestros pensamientos, emociones y voluntad a Dios y obedecer la dirección del Espíritu Santo es el camino práctico para vaciar la codicia.  Vaciar la codicia no significa simplemente alejarnos del dinero o poseer menos.  Significa devolver a Dios el lugar de nuestro corazón que había ocupado el dinero.  Significa reconocer que no soy dueño absoluto de mis bienes, sino administrador de aquello que Dios me ha confiado.  El propósito del vaciamiento no es convertirnos en personas vacías.  Es vaciar el deseo de poseer más y llenar ese lugar con Cristo.  Es vivir satisfechos en Cristo, utilizar con gratitud lo que Dios nos ha confiado, compartir con quien necesita y ofrecer voluntariamente nuestros recursos para la misión del reino de Dios.  La codicia dice continuamente: “Debes tener más.”  La fe confiesa: “En Cristo ya tengo suficiente.”  Este es el camino de vaciar la codicia que debemos practicar cada día en el hogar, la iglesia y el trabajo.

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