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«¡Afirma mis pasos en tu Palabra!» [Salmo 119:129–136]

«¡Afirma mis pasos en tu Palabra!»       [Salmo 119:129–136]     Creo que recorrer fielmente un único camino hasta el final es imposible sin la gracia de Dios. Esto se debe a que, sin su gracia, somos propensos a caer en diversos caminos engañosos de la vida en lugar de continuar fielmente por una sola senda. Nuestros pasos requieren cierta firmeza: una firmeza que nos permita recorrer ese camino con serenidad y determinación. Al caminar por la senda estrecha hacia el Gólgota —el camino que el propio Señor recorrió—, debemos afirmar nuestros pasos cada vez con mayor solidez. Por tanto, no debemos dejarnos desviar por los caminos anchos que se extienden ante nosotros.   En el Salmo 119:133, el salmista ora a Dios: «Afirma mis pasos en tu Palabra, y que ninguna iniquidad se enseñoree de mí». Centrándome en este versículo, quisiera reflexionar sobre dos puntos bajo el título «¡Afirma mis pasos en tu Palabra!»: (1) ¿Por qué debemos afirmar nue...

«Mi deleite» [Salmo 119:89–96]

«Mi deleite»

 

 

 

[Salmo 119:89–96]

 

 

¿Cuál es tu deleite? ¿Qué te produce gozo, especialmente cuando te encuentras en medio del sufrimiento? En el pasaje de hoy, el Salmo 119:92, el salmista confiesa: «Si tu ley no hubiera sido mi deleite, habría perecido en mi aflicción». Al centrarme en este versículo y en el tema «Mi deleite», oro para que experimentemos la gracia de Dios mientras meditamos sobre aquello en lo que debemos deleitarnos, cómo podemos encontrar ese deleite y cuáles son los resultados de tal deleite.

 

En primer lugar, ¿qué es «mi deleite»?

 

El deleite del salmista era «tu ley» (v. 92). Él hallaba gozo en la ley del Señor incluso en medio de su sufrimiento (v. 92). Por consiguiente, declara: «Jamás olvidaré tus preceptos» (v. 93).

 

En segundo lugar, ¿qué debemos hacer para deleitarnos en «tu ley»?

 

(1) El salmista nos dice que, para deleitarnos en la ley del Señor, debemos «considerarla».

 

Observemos el Salmo 119:95 en el texto de hoy: «Los impíos me acechan para destruirme, pero yo consideraré tus testimonios». Cuando los impíos le acechaban para destruirlo, el salmista consideraba diligentemente la ley del Señor. En otras palabras, meditaba con diligencia en la palabra del Señor siempre que afrontaba una crisis en su vida. ¿Por qué hacía esto? Porque esa palabra le «daba vida» (v. 93). Esto debe convertirse en nuestro hábito. Necesitamos cultivar la costumbre de meditar en la palabra de Dios con mayor diligencia aún durante los tiempos de crisis. (2) El salmista habla de la necesidad de «buscar» la ley del Señor para hallar gozo en ella.

 

Observemos el texto de hoy, Salmo 119:94: «Tuyo soy; sálvame, porque he buscado tus preceptos». El salmista buscaba la ley del Señor porque anhelaba la salvación del Señor. Un verdadero creyente pone su esperanza en la Palabra de Dios; Por lo tanto, no la olvidan, sino que la buscan (versículos 93–94). En tiempos de sufrimiento, nuestra única esperanza reside en el Señor. No tenemos más remedio que volver la mirada a la Palabra del Señor durante la aflicción. Es más, nada salvo la Palabra de Dios puede librarnos del sufrimiento.

 

En tercer y último lugar, ¿cuál fue el resultado de meditar en la ley del Señor y buscarla?

 

Podemos identificar dos resultados principales de la meditación del salmista sobre la ley del Señor y su búsqueda de la misma:

 

(1) Al meditar en la ley del Señor y buscarla, el salmista llegó a percibir la amplitud ilimitada de los mandamientos del Señor.

 

Observemos el texto de hoy, el Salmo 119:96: «A toda perfección he visto fin; mas tu mandamiento es amplísimo». Al meditar en la ley del Señor y buscarla en medio del sufrimiento, él fue transformado por el poder de la Palabra de Dios. Así, el sufrimiento se convierte en una valiosa oportunidad para que la vasta Palabra del Señor ensanche nuestros corazones.

 

(2) El salmista llegó a confesar que la Palabra del Señor permanece firme para siempre en los cielos.

 

Observemos el texto de hoy, el Salmo 119:89: «Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos». El sufrimiento es temporal, pero la Palabra de Dios es eterna. Mediante esa Palabra eterna, Dios gobierna los cielos, la tierra y toda la creación. El salmista llegó a comprender esta verdad al meditar en la ley del Señor y buscarla en medio de su sufrimiento.

 

Debemos deleitarnos en la Palabra de Dios; ella debe convertirse en nuestro gozo. Por tanto, debemos meditar diligentemente en la Palabra de Dios —especialmente al afrontar una crisis—, pues solo Su Palabra puede darnos vida. También debemos buscar la Palabra de Dios, particularmente en tiempos de tribulación y persecución. ¿Por qué debemos hacerlo? Porque anhelamos la salvación de Dios. Quienes desean ardientemente Su liberación deben buscar con ahínco Su Palabra. Como resultado, descubriremos la inmensidad de la Palabra de Dios y experimentaremos la preciosa gracia de ver nuestros corazones ensanchados por su poder. Además, al meditar en la Palabra de Dios y buscarla, disfrutaremos de la bendición de permanecer firmes sobre Su verdad eterna.


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