El sufrimiento presente y la gloria futura
Por
ser hijos de Dios —y, por tanto, herederos (Romanos 8:17)—, inevitablemente
afrontamos el «sufrimiento presente» (versículo 18). Sin embargo, aun mientras
soportamos este sufrimiento, debemos aferrarnos a nuestra fe con paciencia
inquebrantable, anclados en una esperanza segura y firme. Esa esperanza es la
gloria que se nos revelará en el futuro (versículo 18).
La
gloria que ha de revelarse no admite comparación alguna con nuestro sufrimiento
actual (versículo 18). Esa gloria eterna y sublime es incomparable frente a las
aflicciones leves y pasajeras que enfrentamos hoy (2 Corintios 4:17; Romanos
8:18). ¿En qué consiste exactamente esta gloria futura que desafía toda
comparación con el sufrimiento presente? Es la redención de nuestros cuerpos
(versículo 23). El día en que Jesús regrese a la tierra —cuando suene la
trompeta final (1 Corintios 15:52)—, nuestros cuerpos corruptibles resucitarán
y serán transformados en cuerpos incorruptibles (versículo 52). Nuestros
cuerpos serán transformados para ser semejantes a su cuerpo glorioso
(Filipenses 3:21). Además, la gloria de la era venidera incluye disfrutar de la
vida eterna en el cielo, ver al Señor cara a cara (1 Corintios 13:12;
Apocalipsis 22:4) y reinar con Cristo (Apocalipsis 22:5). Viviremos una vida
que resplandecerá para siempre (versículo 5).
Por
tanto, confiados en la gloria que nos aguarda, debemos cumplir fielmente la
misión que se nos ha encomendado, soportando con paciencia y perseverando aun
en medio de nuestro sufrimiento presente.
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