Capítulo 7: Vaciar la “falsedad”
En el capítulo anterior examinamos la
“hipocresía”, que surge de la distancia entre la imagen que mostramos ante las
personas y lo que realmente somos delante de Dios. Si la hipocresía consiste en ponerse una
máscara para ocultar nuestro verdadero yo, la falsedad consiste en ocultar o
alterar la verdad para nuestro propio beneficio y, más aún, en llegar incluso a
distorsionar la verdad de Dios.
La falsedad no termina simplemente en decir algo
que no corresponde con los hechos. Comienza en un corazón que rechaza la verdad
y acepta como verdadero aquello que le resulta conveniente. En Juan 8:44, Jesús llamó al diablo “mentiroso
y padre de mentira”. En la raíz de la
falsedad existe una fuerza que nos lleva a creer en algo distinto de la Palabra
de Dios y que, finalmente, nos aleja de Dios.
Por eso, antes de buscar la falsedad en otras personas, debemos
preguntarnos primero a nosotros mismos: “¿Estoy viviendo con sinceridad
delante de Dios?” “¿Estoy ocultando o
alterando los hechos para proteger mis propios intereses y mi reputación?” “¿Acepto la Palabra de Dios tal como es, o
acepto solamente aquello que quiero escuchar?”
Vaciar la falsedad comienza examinándonos honestamente delante de
estas preguntas.
La falsedad nos impide conocer a Dios
Jeremías 9:3–6 nos muestra cómo era Judá cuando
estaba llena de falsedad. Las personas
disparaban mentiras con la lengua como quien tensa un arco, se engañaban unas a
otras y no hablaban la verdad. Pero el
problema aún más grave era que, viviendo de esa manera, se negaban a conocer a
Dios. La falsedad no destruye solamente
la confianza entre las personas. También destruye nuestra relación con Dios. Si con nuestros labios decimos que creemos en
Dios, pero en nuestra vida consideramos normales la mentira y el engaño,
entonces, aunque afirmemos confiar en Dios, en realidad estamos dependiendo más
de los métodos del mundo. El Salmo 62:4
nos presenta a personas que bendicen con su boca mientras maldicen en su
interior. Sus palabras y sus corazones no son iguales. Es fácil tomar a la ligera las pequeñas
mentiras de la vida cotidiana. Podemos
modificar un poco los hechos para ocultar nuestros errores, omitir una parte
importante para evitar nuestra responsabilidad o echar la culpa a otra persona
para proteger nuestra reputación. Pero
cuando permitimos repetidamente pequeñas mentiras, nuestra conciencia se va
endureciendo. Al principio sentimos
incomodidad, pero si seguimos repitiéndolas, llega un momento en que podemos
mentir sin sentirnos perturbados. Por
eso, vaciar la falsedad no significa solamente evitar las grandes mentiras. Significa aprender a amar la verdad delante
de Dios y escogerla aun cuando hacerlo nos cueste algo.
La palabra falsa aleja a las personas de
Dios
Una de las formas de falsedad contra las cuales la
Biblia advierte con especial severidad es hablar falsamente en el nombre de
Dios. En los días de Jeremías había
falsos profetas que afirmaban haber recibido la Palabra de Dios, pero en
realidad proclamaban palabras que Dios no les había dado. En Jeremías 6:13–15 vemos que el pueblo
estaba entregado a la codicia y que los líderes practicaban el engaño. Sin embargo, trataban superficialmente la
herida del pueblo diciendo: “Paz, paz”.
Pero en realidad no había paz.
Este
es el peligro de una palabra falsa. Decirle
a una persona lo que desea escuchar no necesariamente es amor. Si su relación con Dios se está destruyendo a
causa del pecado, decirle que no existe ningún problema no puede convertirse en
un consuelo que le dé vida.
El
verdadero consuelo no consiste en encubrir el pecado, sino en conducir al
pecador a Cristo. El verdadero amor no
ofrece una falsa paz a quien necesita arrepentirse, sino que lo ayuda a
reconocer su condición delante de la Palabra de Dios y a regresar a Él.
No debemos hablar en el nombre de Dios
cuando Dios no nos ha enviado
Cuando Jeremías reprendía a los falsos profetas,
señalaba repetidamente un mismo problema: Decían haber sido enviados cuando
Dios no los había enviado. En Jeremías
28:15, Jeremías dice a Hananías: “Jehová no te envió, y tú has hecho confiar
en mentira a este pueblo”. El mismo
problema aparece repetidamente en Jeremías 14, 23 y 27. Dios no había hablado, pero ellos decían: “Dios
ha hablado”. Presentaban sus propios
pensamientos, sueños y deseos como si fueran la Palabra de Dios. Este es un pecado que los pastores, en
particular, deben temer profundamente. El
pastor no tiene autoridad para convertir sus propios pensamientos en Palabra de
Dios. Tampoco debe declarar que sus
propias ideas políticas, sus deseos personales, sus expectativas de éxito o sus
experiencias son la voluntad de Dios. El
predicador no es una persona que fabrica la Palabra, sino alguien a quien la
Palabra le ha sido confiada. Por eso, el
predicador debe preguntarse continuamente: “¿Es esto realmente lo que dice
el texto bíblico?” “¿Estoy confundiendo
lo que Dios ha dicho con lo que yo quiero decir?” “¿Estoy diciendo lo que los creyentes quieren
escuchar, o estoy proclamando fielmente la Palabra que Dios ha dado?” Cuanto más utiliza una persona el nombre
de Dios desde el púlpito, con mayor temor reverente debe presentarse ante estas
preguntas.
Las palabras agradables al oído no
siempre son buenas palabras
Segunda de Timoteo 4:3 advierte que vendrá un
tiempo cuando las personas no soportarán la sana doctrina, sino que, “teniendo
comezón de oír”, acumularán maestros conforme a sus propios deseos. Aquí aparecen dos problemas al mismo tiempo. Uno es el problema de los líderes que
proclaman solamente aquello que la gente desea escuchar. El otro es el problema de los oyentes que
buscan solamente aquello que ellos mismos desean escuchar. La falsa enseñanza se fortalece aún más
cuando estos dos se encuentran. El
predicador quiere el aplauso de las personas, y los oyentes quieren sermones
que aprueben sus propios deseos. Al
final, cada uno termina ofreciendo al otro precisamente lo que quiere escuchar. Sin embargo, la Palabra de Dios no siempre es
una palabra que hace sentir cómodos nuestros oídos. A veces nos consuela. A veces nos reprende. A veces revela nuestro pecado. A veces nos ordena apartarnos del camino por
el cual estábamos andando. Y siempre nos
conduce a Jesucristo. Por eso, el
criterio de la verdadera predicación no es:
“¿Me gusta escuchar esto?” Debemos preguntar: “¿Esta palabra
procede de las Escrituras?” “¿Esta
palabra me conduce a Cristo?” “¿Esta
palabra me lleva a examinarme, arrepentirme y obedecer?”
Micaías proclamó la Palabra que Dios le
había dado en lugar de decir lo que las personas querían escuchar
Primera de Reyes 22 relata un acontecimiento que
muestra claramente la diferencia entre la palabra falsa y la verdadera. Cuando el rey Acab estaba preparándose para
ir a la guerra contra Ramot de Galaad, muchos profetas le dijeron al rey lo que
él deseaba escuchar. Le dijeron que si
iba a la guerra obtendría la victoria. Pero
Micaías era diferente. Las personas le
pidieron que dijera las mismas palabras favorables que los demás profetas. Sin embargo, Micaías respondió: “Lo que
Jehová me hablare, eso diré”. Esta
sola frase revela la actitud que debe tener un verdadero siervo de la Palabra. El predicador no es alguien que fabrica las
palabras que la congregación quiere escuchar.
Tampoco es alguien que dice lo que le agradará al rey. Ni es alguien que suaviza o modifica la
Palabra para proteger su popularidad. Es
alguien que proclama lo que Dios ha dicho.
La palabra que Micaías proclamó no era lo que el rey quería escuchar. Como resultado, fue odiado y sufrió.
Sin
embargo, no cambió la Palabra de Dios debido a la reacción de las personas. El verdadero siervo de la Palabra teme más a
la Palabra de Dios que al aplauso de las personas.
La verdadera predicación conduce a las
personas al arrepentimiento y a Cristo
Entonces, ¿cómo podemos discernir entre un pastor
verdadero y uno falso? No podemos juzgar
simplemente por si predica bien, si reúne a muchas personas, si es famoso o si
sus mensajes son conmovedores. En las
Escrituras podemos examinar por lo menos tres cosas. Primero, debemos observar si proclama la
Palabra que Dios le ha confiado. En
lugar de presentar sus propios pensamientos como si fueran la Palabra de Dios,
debe proclamar fielmente lo que las Escrituras realmente dicen. Segundo, debemos examinar si existe sustancia
de la Palabra en el mensaje. Los falsos
profetas de la época de Jeremías presentaban sus propios sueños y pensamientos
como si fueran la Palabra de Dios. Pero
la verdadera Palabra no nace de la imaginación humana, sino que está arraigada
en la Palabra de Dios. Tercero, debemos
examinar si la predicación conduce a las personas al arrepentimiento y a la
obediencia. La verdadera predicación no
termina simplemente condenando a las personas.
Les hace reconocer su pecado, las conduce a la cruz y las ayuda a
aferrarse a la gracia de Cristo y avanzar hacia una vida nueva. Cuando alguien necesita consuelo, debe ser
consolado. Aplastar aún más a una
persona herida no es verdadera predicación.
Pero tampoco es amor dejar de hablar de arrepentimiento cuando el
arrepentimiento es necesario. El
verdadero pastor no es alguien que hace que las ovejas lo sigan a él, sino
alguien que ayuda a las ovejas a seguir a Cristo.
Los creyentes también deben discernir la
palabra que escuchan
No debemos colocar toda la responsabilidad de la
falsa enseñanza solamente sobre los pastores.
Los creyentes también tienen la responsabilidad de discernir la palabra
que escuchan. No debemos aceptar
incondicionalmente las palabras de una persona como Palabra de Dios simplemente
porque esa persona sea famosa. El cargo
pastoral, los estudios académicos o el tamaño de la iglesia de una persona no
convierten automáticamente en verdad todo lo que dice. Cuando escuchamos un sermón, debemos abrir la
Biblia y examinarlo. “¿Es esto
realmente lo que enseña la Biblia?” “¿Se
está transmitiendo correctamente el significado del texto?” “¿Concuerda esto con el evangelio de
Jesucristo?” Respetar a un pastor y
convertir al pastor en una autoridad absoluta son cosas diferentes. Un verdadero pastor, en lugar de desear que
los creyentes dependan de él, debe ayudarlos a leer personalmente la Palabra,
orar, buscar la dirección del Espíritu Santo y seguir a Cristo. El objeto final de nuestra fe no es una
persona, sino Dios.
La falsedad puede destruir la vida de
otra persona
La Biblia trata el falso testimonio con gran
seriedad. El noveno de los Diez
Mandamientos es claro: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio”. La mentira no es simplemente un problema
de palabras. Puede destruir la
reputación, la familia, el trabajo y la vida entera de una persona. En 1 Reyes 21, Jezabel levantó falsos
testigos para apoderarse de la viña de Nabot.
Hizo que testificaran falsamente que Nabot había maldecido a Dios y al
rey, y finalmente el inocente Nabot fue ejecutado. La codicia produjo la mentira, y la mentira
quitó la vida de una persona. Por eso,
cuando escuchamos algo acerca de otra persona, no debemos apresurarnos a
juzgar. Las Escrituras enseñan que no
debemos establecer un asunto grave basándonos solamente en el testimonio de una
persona, sino confirmar los hechos mediante suficientes testimonios (Deut.
19:15). Lo mismo se aplica en la
iglesia. El hecho de escuchar algo
negativo acerca de alguien no significa que debamos asumir inmediatamente que
es verdad ni difundirlo a otras personas.
Primero debemos verificar los hechos.
Tampoco debemos condenar a una persona después de escuchar solamente una
versión de la historia. Quienes ocupan
posiciones de liderazgo deben tener aún más cuidado. Si creen palabras que no han sido verificadas
y juzgan basándose en ellas, pueden causar a una persona heridas que sean muy
difíciles de reparar. La persona que ama
la verdad no es aquella que difunde rápidamente los rumores, sino aquella que
verifica cuidadosamente los hechos.
La falsedad no puede eliminar la verdad
Cuando Jesús resucitó, los principales sacerdotes
y los ancianos dieron dinero a los soldados para que difundieran una mentira: “Sus
discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos”. Fabricaron una mentira mediante el dinero
para proteger sus posiciones y su reputación.
Pero aquella mentira no pudo eliminar la verdad de la resurrección. Las personas pueden intentar ocultar la
verdad. También pueden utilizar el
dinero y el poder para distorsionar los hechos.
Pero no pueden eliminar la verdad que Dios ha realizado. Esta realidad también ofrece un consuelo
importante a quienes sufren injustamente a causa de una mentira. No toda verdad sale a la luz en el momento en
que nosotros deseamos. A veces podemos
ser malentendidos durante mucho tiempo. Sin
embargo, el creyente no debe intentar vencer una mentira mediante otra mentira. Debe hablar la verdad, cumplir las
responsabilidades que le corresponden y dejar el juicio final en manos de Dios. El camino para vencer la falsedad no es una
mentira más sofisticada, sino la verdad.
También debemos cuidarnos de añadir algo
al evangelio
En Gálatas, Pablo advierte severamente contra la
falsa enseñanza que intentaba añadir los méritos humanos al evangelio de
Cristo. La salvación no se obtiene
mediante nuestras obras ni nuestros méritos.
Recibimos por la fe la gracia de la salvación que Jesucristo realizó en
la cruz. Por eso, si añadimos méritos
humanos al evangelio y enseñamos que estos son una condición para la salvación,
podemos oscurecer la esencia misma del evangelio. En 2 Corintios 2:17, Pablo también dice que
no adultera la Palabra de Dios. No
debemos utilizar la Palabra de Dios para nuestro propio beneficio. Para un pastor, la Palabra no es una
herramienta para alcanzar el éxito. Tampoco
es un producto para hacer crecer una iglesia.
Ni es un medio para ganarse el corazón de las personas. La Palabra pertenece a Dios. Por eso, quien ha recibido la responsabilidad
de proclamarla debe transmitirla con pureza, sin mezclarla con sus propios
deseos.
Vaciar la falsedad significa examinarnos
honestamente delante de la verdad
Cuando leemos lo que las Escrituras dicen acerca
de la falsedad, no debemos terminar simplemente buscando pastores falsos y
creyentes falsos. Debemos volver
nuevamente a nosotros mismos. El pastor
debe preguntarse: “¿Estoy diciendo que algo es la voluntad de Dios cuando
Dios no lo ha dicho?” “¿Estoy cambiando
la Palabra por el crecimiento de la iglesia o por mi propia reputación?” “¿Estoy evitando una palabra que debo
proclamar simplemente porque las personas no quieren escucharla?” El creyente también debe preguntarse: “¿Estoy
buscando solamente los mensajes que quiero escuchar?” “¿Me gustan las palabras que me consuelan,
mientras rechazo las que me reprenden?” “¿Estoy
dependiendo más de un predicador que me dice lo que quiero escuchar que de la
Palabra de Dios?” Y también debemos
preguntarnos en el hogar y en el lugar de trabajo: “¿Estoy alterando los
hechos para ocultar mi error?” “¿Estoy
explicando de manera diferente una promesa para obtener un beneficio personal?” “¿Estoy culpando a otra persona por algo
que yo hice mal?” Vaciar la falsedad
no es un movimiento para exponer las mentiras de otras personas. Es, ante todo, sacar a la luz delante de la
Palabra de Dios la falsedad que existe dentro de mí y vaciarla.
Una fe sin falsedad lleva honestamente
incluso sus dudas delante de Dios
En 2 Timoteo 1:5, Pablo habla de la “fe no
fingida” que había en Timoteo. Una fe
sin falsedad no significa una fe que nunca vacila. Tampoco significa que solamente las personas
que nunca experimentan temor ni duda tengan una fe verdadera. Al contrario, una fe sin falsedad es aquella
que lleva honestamente incluso sus debilidades delante de Dios.
Si
nos cuesta creer, no necesitamos decir: “No tengo ningún miedo”, simplemente
para que los demás piensen que tenemos una fe fuerte. Si estamos pasando por dificultades, podemos
decir que estamos pasando por dificultades.
Si tenemos miedo, podemos confesar que tenemos miedo. Si surgen dudas, podemos llevar incluso esas
dudas delante de Dios. Y precisamente
allí podemos volver a aferrarnos a las promesas de Dios. La fe de Abraham tampoco era confianza en su
propia capacidad. Romanos 4:21 dice que
estaba “plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo
que había prometido”. La verdadera fe no
es una confianza en uno mismo que dice: “Yo puedo hacerlo”. Es confianza en Dios que dice: “Yo no
puedo hacerlo, pero Dios es fiel”. Por
eso, una fe sin falsedad no es una fe que intenta parecer fuerte, sino una fe
que reconoce su propia debilidad y, aun así, se aferra a la fidelidad de Dios.
Principios y pautas prácticas para vaciar la “falsedad”
Entonces, ¿cómo podemos ir vaciando la falsedad en
nuestro hogar, en la iglesia y en el lugar de trabajo? Con frecuencia, la falsedad no comienza
repentinamente con una gran mentira, sino que va ocupando un lugar en nuestro
corazón mediante la repetición de pequeñas concesiones. Por eso necesitamos examinarnos cada día
delante de la Palabra de Dios y entrenarnos para escoger la verdad incluso en
los asuntos pequeños. Podemos practicar
los siguientes cinco principios en nuestra vida cotidiana.
1. Haga de
la Palabra de Dios el criterio de la verdad
Mis pensamientos y sentimientos no siempre son
correctos. Incluso aquello que deseo
profundamente puede ser diferente de la voluntad de Dios. Por eso, no debemos colocar nuestros
pensamientos por encima de la Palabra de Dios, sino debajo de ella. Especialmente los pastores deben tener
cuidado de no decir con demasiada facilidad que sus propios pensamientos son la
voluntad de Dios. Al predicar, deben
examinar primero lo que el texto bíblico realmente dice y no introducir por la
fuerza sus propias ideas en las Escrituras.
Los creyentes tampoco deben aceptar algo incondicionalmente simplemente
porque lo haya dicho una persona famosa, sino desarrollar el hábito de
comprobarlo mediante las Escrituras. Hacer
de la Palabra de Dios, y no de las palabras humanas, el criterio de la verdad
es el primer paso para vaciar la falsedad.
2. Diga los
hechos tal como son, incluso en los asuntos pequeños
La falsedad comienza con pequeñas concesiones. Podemos omitir deliberadamente aquello que
nos perjudica, cambiar ligeramente una historia para disminuir nuestra
responsabilidad o exagerar los hechos para causar una buena impresión en otra
persona. Sin embargo, una persona
sincera no cambia los hechos aunque estos le resulten desfavorables. En el hogar, cuando haya hecho algo mal, no
busque excusas. Debe poder decir: “Yo
me equivoqué”. En el lugar de
trabajo, no eche la culpa a otra persona para ocultar su propio error. En los negocios, no interprete de manera
diferente los contratos o las promesas para favorecerse a sí mismo. Escoja la honestidad aun cuando hacerlo le
produzca una pérdida.
3. Verifique
los hechos antes de transmitir algo acerca de otra persona
Inventar personalmente una mentira no es el único
pecado. Transmitir como si fuera
verdadero algo que no hemos verificado también puede causar un gran daño a otra
persona.
Si
escucha algo negativo acerca de alguien, no lo transmita inmediatamente a otras
personas. Primero pregúntese: “¿Es
esto verdad?” “¿Lo he verificado
personalmente?” “¿Realmente es necesario
transmitir esta información?” Especialmente
dentro de la comunidad de la iglesia, un rumor puede dañar gravemente la fe, la
familia y la reputación de una persona. Si
ama la verdad, verifique antes de hablar.
Y si no puede verificar algo, no lo afirme irresponsablemente como si
fuera un hecho.
4. Mantenga
la honestidad y la transparencia en el trabajo y en los negocios
Uno de los lugares más concretos donde debemos
vaciar la falsedad es el lugar de trabajo, donde están involucrados el dinero y
los beneficios. No debemos cambiar el
significado de un contrato para obtener un poco más de ganancia, ocultar hechos
importantes ni aprovecharnos de lo que otra persona desconoce para obtener un
beneficio injusto. Cumpla lo que ha
prometido. Reconozca lo que ha hecho
mal. Asuma aquello por lo cual usted es
responsable. A veces, ser honesto puede
hacernos sentir que estamos sufriendo una pérdida inmediata. Sin embargo, para el creyente, la fidelidad
delante de Dios es más importante que el éxito.
No abandone la verdad para obtener ganancias. Cuando conservar la verdad requiera renunciar
a una ganancia, confíe en Dios.
5.
Cuando su error salga a la luz, escoja el arrepentimiento en lugar de las
excusas
La falsedad produce otra mentira para ocultar
nuestros errores. Al principio podemos
mentir para ocultar una pequeña equivocación, pero después necesitamos otra
mentira para proteger la primera. Por
eso, cuando su error salga a la luz, no añada otra mentira intentando
protegerse. Reconózcalo. Pida perdón.
Si es necesario, corríjalo. Y
arrepiéntase delante de Dios. Reconocer
nuestro error no es una vergüenza. Por
el contrario, saber que hemos hecho algo mal y aun así ocultarlo hasta el
final, intentando protegernos mediante la mentira, conduce nuestra alma a una
esclavitud todavía más profunda. Poder
arrepentirse es gracia. Sin embargo, no
debemos pensar que mediante estas cinco prácticas podemos eliminar toda la
falsedad de nuestro corazón. Necesitamos
la gracia de Dios y la ayuda del Espíritu Santo.
La falsedad no termina engañando a otras personas;
puede llegar incluso a engañarnos a nosotros mismos. Podemos confundir nuestros propios deseos con
la voluntad de Dios y llegar a creer que nuestros pensamientos son la verdad. Por eso, cada día debemos pedir que el
Espíritu Santo ilumine nuestro corazón mediante la Palabra. Podemos orar así: “Señor, muéstrame la
falsedad que hay dentro de mí. No
permitas que oculte ni altere la verdad para proteger mis propios intereses o
salvar las apariencias. No permitas que
busque solamente las palabras que deseo escuchar, sino ayúdame a presentarme
con sinceridad delante de tu Palabra. No
permitas que afirme que mis propios pensamientos son tu voluntad y, como
alguien a quien le ha sido confiada tu Palabra, ayúdame a proclamar
correctamente tu Palabra. En el hogar,
en la iglesia y en el lugar de trabajo, ayúdame a escoger la verdad aun cuando
hacerlo me cueste algo; y cuando me equivoque, ayúdame a reconocerlo y
arrepentirme en lugar de buscar excusas. Vacía mi corazón de falsedad y llénalo con la
verdad de Cristo”.
Vaciar la falsedad no significa solamente tener
cuidado con nuestras palabras. Vaciar la
falsedad significa abandonar una vida en la que fabricamos la verdad que
nosotros queremos y colocarnos bajo la verdad de Dios. Significa no alterar los hechos para nuestro
propio beneficio, no modificar la Palabra para obtener el aplauso de las
personas y no sacrificar a otra persona para ocultar nuestras propias faltas. El pastor no debe convertir sus propias
palabras en Palabra de Dios. El creyente
no debe colocar las palabras humanas por encima de la Palabra de Dios. En el hogar debemos escoger la honestidad en
lugar de las excusas. En el lugar de
trabajo debemos escoger la verdad en lugar de las ganancias. En la iglesia debemos verificar los hechos en
lugar de seguir los rumores. Y cuando
hayamos hecho algo mal, en vez de protegernos mediante la falsedad, debemos
arrepentirnos delante de la cruz. El
propósito de vaciarnos no es convertirnos en personas vacías. Es vaciar el lugar de nuestro corazón que
estaba ocupado por la falsedad y llenar ese lugar con Jesucristo, quien es la
Verdad. Jesús dijo: “Yo soy el
camino, y la verdad, y la vida”. Por
eso, el propósito final de vaciar la falsedad no consiste simplemente en
convertirnos en “personas que no mienten”.
Consiste en convertirnos en personas que aman a Cristo, quien es la
Verdad, y que viven sinceramente dentro de su Palabra.
La falsedad cambia la verdad para protegerse a sí
misma, pero la fe se encomienda a Dios y escoge la verdad. La falsedad teme la reacción de las personas,
pero la fe sincera considera más importante la mirada de Dios. La falsedad oculta sus propios errores, pero
el evangelio nos lleva a reconocer nuestro pecado y aferrarnos a la gracia de
la cruz. Por eso debemos preguntarnos
cada día: “¿Estoy diciendo la verdad en este momento?” “¿Estoy recibiendo la Palabra de Dios tal
como es?” “¿Amo la verdad más que mis
propios intereses?” Y cada vez que
descubramos falsedad dentro de nosotros, no debemos ocultarla, sino llevarla
delante de la cruz. Vaciar una por
una las falsedades de nuestro corazón y llenar ese lugar con la verdad de
Cristo: este es el camino de “vaciar la falsedad” que debemos recorrer cada día
en nuestro hogar, en la iglesia y en el lugar de trabajo.
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