Solo cuando voluntariamente nos limitamos y nos humillamos para amar y salvar aunque sea a una sola alma, el mundo podrá contemplar a través de nosotros el carácter de Jesucristo, la Luz verdadera.
Solo cuando voluntariamente nos limitamos y nos
humillamos para amar y salvar aunque sea a una sola alma, el mundo podrá
contemplar a través de nosotros el carácter de Jesucristo, la Luz verdadera.
“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre
nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de
gracia y de verdad. Juan dio testimonio de él y clamó diciendo: Este es de
quien yo decía: El que viene después de mí es antes de mí, porque era primero
que yo. Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero
la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie le vio jamás; el Dios unigénito,
que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1:14–18).
(1) Al
meditar hoy en Juan 1:14–18 tanto en la Biblia coreana como en el texto griego,
las primeras palabras que llamaron especialmente mi atención y en las que
quisiera meditar más concretamente son: “Y el Verbo se hizo carne y habitó
entre nosotros” [ὁ Λόγος σὰρξ ἐγένετο, καὶ ἐσκήνωσεν ἐν ἡμῖν (ho Logos sarx egeneto,
kai eskēnōsen en hēmin)] (v. 14). En
estas palabras, tres cosas en particular llamaron mi atención. Primero, puesto que el “Verbo” mencionado en
el versículo 14 es el mismo “Verbo” del que el apóstol Juan ya habló en el
versículo 1, surgió en mí esta pregunta: ¿Cuál es la diferencia entre el
“Verbo” del versículo 1 y el “Verbo” del versículo 14? Segundo, me interesa el significado
concreto de la palabra griega ἐγένετο (egeneto), “se
hizo”. Me surgió esta curiosidad porque el apóstol Juan utiliza
esta palabra con frecuencia en su Evangelio.
Tercero, me interesa la palabra griega ἐσκήνωσεν (eskēnōsen),
“habitó”. Quisiera comprender qué relación tiene esta palabra con
la expresión teológica de que “Dios puso su tabernáculo en medio de
nosotros”.
(a)
La declaración de Juan 1:14, “Y el
Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”, constituye el corazón mismo
de la fe cristiana y el grandioso clímax del prólogo del Evangelio de Juan. Las tres preguntas que he planteado son
también claves teológicas muy precisas y profundas que nos permiten adentrarnos
en el misterio de la Encarnación.
A continuación se presenta una explicación concreta y comprensible
basada en el significado del texto original y en su contexto dentro de la
historia de la redención.
1. La
diferencia entre el “Verbo” de Juan 1:1 y el “Verbo” de Juan 1:14: de la
“eternidad fuera del tiempo” a la “historia dentro del tiempo”
El “Verbo” que el apóstol Juan menciona en el versículo 1 y el “Verbo” del
versículo 14 son, ontológicamente, el mismo Dios Hijo. Sin embargo, los dos
versículos muestran un extraordinario avance en la historia de la redención con
respecto al estado en que Él se manifiesta y al momento histórico en que
aparece.
Juan 1:1 → El
Verbo trascendente
“En el principio
era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios…”
En esta etapa, el Verbo trasciende el tiempo, el espacio y el mundo
material, y existe eternamente con Dios Padre en su plena divinidad. Es el Verbo que habita en una esfera de
gloria a la que ninguna criatura podría acceder por sí misma.
Juan 1:14 → El
Verbo inmanente
“Y el Verbo se
hizo carne y habitó entre nosotros…”
El Verbo eterno y trascendente entró personalmente en la historia humana,
en el tiempo humano y en el espacio limitado de la existencia humana. Este es el inmenso acontecimiento en el
cual Dios se hizo hombre.
La diferencia fundamental puede expresarse de esta manera: Si el versículo
1 enfatiza al Verbo como Dios Creador, a quien debemos mirar con
adoración, el versículo 14 enfatiza al Verbo como Jesucristo el Salvador,
quien se humilló para que pudiéramos verlo con nuestros ojos y tocarlo con
nuestras manos. Es el despliegue del
amor divino en el cual la infinitud de la eternidad entró voluntariamente en la
finitud de la carne humana.
2. El
significado concreto de “se hizo” [ἐγένετο (egeneto)] y su
uso en el Evangelio de Juan
La palabra griega ἐγένετο (egeneto), “se hizo”, es una
forma aorista del verbo γίνομαι (ginomai), que significa “llegar a ser”,
“venir a existir”, “suceder” o “nacer”.
La manera en que el apóstol Juan utiliza esta palabra revela una
distinción teológica muy clara.
El contraste entre “era” [ἦν, ēn] y “se
hizo” [ἐγένετο, egeneto]
En Juan 1, el apóstol Juan distingue cuidadosamente
entre estos dos verbos.
Cuando habla de Dios y de la existencia eterna del Verbo, utiliza ἦν (ēn), “era”,
indicando una existencia que ya estaba allí (vv. 1, 2, 4, 10).
Por el contrario, cuando habla de las cosas creadas que comienzan a
existir, utiliza ἐγένετο (egeneto), “llegó a existir”. El versículo 3 dice: “Todas
las cosas por medio de él fueron hechas [ἐγένετο].”
El sorprendente
significado de “se hizo carne” en el versículo 14
Esto deja claro que Jesús no existió eternamente como carne, es decir, como
ser humano. Más bien, Aquel que
eternamente existía como Dios entró, en un momento determinado de la historia,
en una condición de existencia que anteriormente no había asumido: la
verdadera humanidad.
No fue un cambio de esencia, sino la asunción de la naturaleza humana
Esto no significa que Dios abandonara su divinidad y se transformara en un
ser humano. Conservando plenamente su
divinidad, asumió una verdadera naturaleza humana. Así, Jesucristo es verdadero Dios y
verdadero hombre. Esta es una de las
declaraciones cristológicas centrales del Evangelio de Juan.
3. “Habitó”
[ἐσκήνωσεν (eskēnōsen)] y
el Tabernáculo del Antiguo Testamento
La palabra griega traducida como “habitó” en el versículo 14, ἐσκήνωσεν (eskēnōsen),
proviene de σκηνόω
(skēnoō), que significa “poner una tienda”, “habitar en una
tienda” o “hacer tabernáculo”. Esta
palabra está directamente relacionada con la tradición del Tabernáculo
del Antiguo Testamento.
Su relación con el Tabernáculo del libro de Éxodo
Cuando el pueblo de Israel caminaba por el desierto, Dios ordenó que
construyeran el Tabernáculo en medio de ellos, y allí manifestó su gloriosa
presencia. Al contemplar el
Tabernáculo, los israelitas podían reconocer visiblemente: “¡Dios está
habitando en medio de nosotros!” En
la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento, el tabernáculo se
denomina σκηνή
(skēnē).
La Encarnación es la aparición del verdadero Tabernáculo
Por lo tanto, cuando el apóstol Juan dice que Jesús “habitó [ἐσκήνωσεν] entre
nosotros”, literalmente que “puso su tienda entre nosotros”,
está declarando que la humanidad de Jesucristo es el verdadero Tabernáculo
que Dios levantó en medio del mundo humano.
El tabernáculo del desierto era una tienda temporal hecha de telas, y la
presencia de Dios estaba oculta en el Lugar Santísimo. Pero ahora, mediante Jesucristo, el Dios
encarnado de verdadera carne y sangre, Dios mismo ha venido a poner su tienda
entre nosotros. Ya no encontramos
a Dios simplemente mediante un edificio sagrado, sino que encontramos a Dios a
través de Jesucristo y recibimos la gracia de contemplar su gloria.
Resumen de la
meditación de hoy en una sola frase:
El Verbo que desde la eternidad trascendía todas las cosas (v. 1) entró en
la historia humana asumiendo una humanidad que antes no había asumido (egeneto)
y, como el Tabernáculo en el desierto, puso personalmente su tienda en medio de
nuestras vidas (eskēnōsen), llevando así a su plenitud la gracia de Emanuel.
Aun hoy, ese Señor habita en medio de la tienda de nuestra vida. Conoce
todas nuestras debilidades y se compadece personalmente de nosotros.
(i)
Aquí surge en mí otra pregunta: ¿Qué
significa concretamente afirmar que el “Verbo trascendente” se convirtió en
el “Verbo inmanente”, y que esto representa el despliegue de un amor en el
cual la infinitud de la eternidad se limitó voluntariamente dentro de la
finitud de la carne humana? Y ¿cómo
debemos nosotros, como discípulos de Jesús, poner en práctica este amor que
voluntariamente se limita a sí mismo? El
concepto de “un amor en el cual lo infinito se limita voluntariamente dentro
de lo finito” expresa de manera hermosa los misterios de la Humillación
y de la Kenosis, o autovaciamiento, de Jesucristo. ¿Qué significa concretamente este amor, y
cómo podemos practicarlo en nuestra vida como discípulos de Jesús?
a. El
significado concreto del “amor que se limita voluntariamente”
Este amor significa que Dios Creador, quien gobierna todo el universo,
voluntariamente restringió el ejercicio de sus derechos y su poder para salvar
a los seres humanos, sus criaturas.
La limitación del tiempo y del espacio: El Dios
infinito, que existe desde la eternidad y llena todo el universo, se hizo
hombre y entró en las limitaciones de un pequeño espacio geográfico, la Judea
del primer siglo, y en las limitaciones temporales de la existencia humana. Al hacerse verdaderamente hombre, entró
voluntariamente en las limitaciones espaciales y temporales de nuestra
condición humana.
La limitación física: El Dios que nunca se cansa tomó un
cuerpo humano y experimentó hambre. Sintió
cansancio y durmió en la popa de una barca.
Finalmente, cuando fue azotado, derramó sangre, y en la cruz experimentó
plenamente el sufrimiento físico. No
entró en estas limitaciones porque careciera de poder, sino porque
voluntariamente quiso entrar en nuestra condición para compadecerse de nosotros
y salvarnos.
La restricción de sus derechos soberanos: Aunque Jesús
tenía autoridad para convocar ángeles contra quienes habían venido a arrestarlo
(Mt. 26:53), soportó en silencio las burlas y los escupitajos de los pecadores
y se sometió al juicio de sus propias criaturas. Por lo tanto, este amor es un amor que no
utiliza todo el poder que posee. Es
un amor profundamente humilde que voluntariamente renuncia al ejercicio de sus
derechos y su poder para descender al nivel de la otra persona.
b. Cómo
practicar concretamente este amor como discípulos
El apóstol Pablo exhorta en Filipenses 2:5: “Haya, pues, en vosotros
este sentir que hubo también en Cristo Jesús.”
Nos llama a imitar al Señor encarnado practicando en nuestra vida
cotidiana este amor que voluntariamente se limita a sí mismo.
① Limitar nuestras palabras:
renunciar al “derecho de decirlo todo”
Situación: En el hogar, en el trabajo o en la iglesia, puede
haber ocasiones en que yo tenga toda la razón y la otra persona esté
equivocada. También puede suceder que alguien me malinterprete injustamente. En esos momentos queremos utilizar todo
nuestro conocimiento y toda nuestra capacidad verbal para derrotar al otro o
defendernos.
Práctica: En ese momento, el discípulo de Jesús limita
voluntariamente sus labios. Aunque tenga
la capacidad y el derecho de pronunciar palabras duras pero correctas que
avergonzarían a la otra persona, o de derramar palabras ásperas expresando mis
emociones, por amor a esa alma puedo escoger el silencio o responder únicamente
con una palabra amable. Esta es la
encarnación de nuestras palabras.
② Limitar nuestro tiempo y nuestra energía:
ceder “el territorio de mi agenda”
Situación: Las personas modernas desean controlar perfectamente
su tiempo para el desarrollo personal, el descanso, los pasatiempos y sus
propios planes. Nos disgusta profundamente que alguien invada nuestro tiempo y
nuestra energía.
Práctica: Sin embargo, la vida del discípulo consiste en limitar
voluntariamente y entregar nuestro tiempo y nuestra energía por amor a otras
almas. Aunque estemos cansados y
queramos descansar, hacemos tiempo para escuchar a un hermano o una hermana
desanimados. Limitamos la comodidad de
nuestro fin de semana para servir a la iglesia y a nuestros vecinos. Así como el Señor puso su tienda en medio de
nuestra vida, nosotros también trasladamos la tienda de nuestra vida al lugar
del dolor de otra persona.
③ Limitar nuestras emociones y actitudes:
descender “al nivel del débil”
Situación: Cuando nos encontramos con alguien más débil que
nosotros—una persona débil en la fe, más joven o de una posición
inferior—podemos imponer fácilmente nuestros propios criterios o esperar que
nos traten de manera especial.
Práctica: Así como el Señor se hizo “carne” y descendió al
nivel de pecadores como nosotros, también debemos bajar voluntariamente la
altura de nuestros propios criterios para soportar la debilidad y la inmadurez
de la otra persona. Intentamos
comprenderla desde su propia situación. No
presumimos de nuestro conocimiento ni de nuestra experiencia. Adoptamos la actitud de un siervo y nos
humillamos para que la otra persona pueda sentirse segura y cómoda.
Conclusión de
esta meditación:
La Encarnación de Jesús no fue un acontecimiento en el que quedó limitado
porque careciera de poder. Entró
voluntariamente en nuestra finitud porque nos amó. Hoy, aunque tengamos la capacidad de
defender nuestro orgullo y el derecho de hacer valer nuestras prerrogativas,
cuando voluntariamente nos limitamos y nos humillamos con el único propósito de
amar y salvar aunque sea a una sola alma, el mundo podrá contemplar a través de
nosotros el carácter de Jesucristo, la Luz verdadera.
(2) En segundo lugar, quisiera meditar
conjuntamente en estas dos declaraciones: “Vimos su gloria, gloria como del
unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”
[ἐθεασάμεθα τὴν δόξαν αὐτοῦ, δόξαν ὡς μονογενοῦς παρὰ πατρός, πλήρης χάριτος καὶ ἀληθείας] (Juan 1:14), Y “La gracia
y la verdad vinieron por medio de Jesucristo”
[ἡ χάρις καὶ ἡ ἀλήθεια διὰ Ἰησοῦ Χριστοῦ ἐγένετο] (v. 17). Quiero considerar estos dos versículos
juntos porque la expresión “gracia y verdad” [χάρις καὶ ἀλήθεια] aparece
repetidamente en ambos. ¿Qué significa?
(a) El hecho
de que el apóstol Juan proclame repetidamente “gracia y verdad” en los
versículos 14 y 17 constituye un resumen central del Evangelio de Juan, porque
estas dos realidades revelan tanto la identidad divina del Jesucristo encarnado
como el cumplimiento perfecto de su obra.
1. El
cumplimiento perfecto del Antiguo Testamento: la manifestación del “hesed y
emet” de Yahvé
En el Antiguo Testamento, especialmente en Éxodo 34:6, cuando Dios pasó
delante de Moisés y reveló su propio carácter, se proclamó misericordioso y
clemente, lento para la ira y abundante en amor fiel [hesed, חֶסֶד] y
fidelidad [emet, אֱמֶת].
Por lo tanto, cuando Juan declara que Jesús está “lleno de gracia y de
verdad”, proclama que el carácter esencial de Yahvé Dios se ha manifestado
ahora visible y perfectamente en Jesucristo encarnado.
2. La
supremacía de la gracia revelada mediante el contraste estructural: el
evangelio y la Ley de Moisés
Juan 1:17 declara: “Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la
gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.” La Ley dada por medio de Moisés exponía
el pecado humano y revelaba su realidad, pero por sí misma no podía dar vida
fundamentalmente a la humanidad pecadora.
Sin embargo, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.
La gracia manifiesta el amor de Dios que perdona a los pecadores sin mérito
propio, mientras que la verdad señala la realidad definitiva mediante la cual
Cristo resuelve completamente el problema del pecado y conduce al pecador a
Dios. Jesucristo es quien lleva la
salvación a su cumplimiento.
3. De la
“plenitud esencial” del versículo 14 al “derramamiento histórico” del versículo
17
El versículo 14 describe quién es
Cristo: Jesucristo está “lleno [πλήρης, plērēs] de gracia y de verdad.”
El versículo 17 describe su obra:
Esa gracia y esa verdad han entrado ahora en la historia humana por medio de
Jesucristo.
La belleza divina que está
plenamente presente en Cristo se ha derramado hacia nosotros mediante su venida
al mundo y se ha convertido en una realidad salvadora que podemos recibir y
experimentar.
Resumen y
enseñanza en una frase:
El amor fiel y la fidelidad prometidos por el Dios del Antiguo
Testamento—la gracia y la verdad—fueron dados en su realidad perfecta dentro de
la historia humana únicamente por medio de Jesucristo, y el tesoro que está
lleno en Él se ha convertido ahora en el poder salvador del evangelio para
nosotros.
Cuando contemplamos a Jesús, vemos al mismo tiempo el cálido abrazo de la
gracia de Dios y la realidad inconmovible de su verdad.
(3) En tercer lugar, quiero meditar sobre
Juan 1:16: “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” [ὅτι ἐκ τοῦ πληρώματος αὐτοῦ ἡμεῖς πάντες ἐλάβομεν, καὶ χάριν ἀντὶ χάριτος].
(a) Este
versículo proclama las riquezas inagotables de la salvación que fluyen de
Jesucristo encarnado y el extraordinario privilegio de los creyentes que
reciben esa gracia.
1. “De su
plenitud”: recibir de una fuente divina que nunca se agota
La palabra griega πληρώματος
(plērōmatos), “plenitud”, describe una plenitud completa, a la
que nada le falta.
Jesucristo posee una plenitud inagotable de misericordia, vida, amor y
sabiduría divinos. Todo lo que
necesitamos para la salvación, para nuestra vida cotidiana y para nuestra vida
espiritual procede de esa plenitud inagotable. Nuestros recursos humanos son limitados. Los recursos de Jesucristo, de quien
recibimos, son inagotables.
2. “Gracia
sobre gracia”: las olas continuas de la gracia
La expresión griega es: χάριν ἀντὶ χάριτος (charin anti
charitos). Literalmente
puede transmitir la idea de “gracia en lugar de gracia”, es decir, una
gracia sucediendo a otra. La preposición
ἀντί (anti) puede
significar “en lugar de” o “a cambio de”.
Por eso, la imagen no es simplemente la de gracia acumulándose capa sobre
capa, sino también la de una gracia que continuamente es sucedida por otra. Es como estar en la playa: una ola pasa y
otra inmediatamente vuelve a llegar. La
gracia de Dios nunca cesa.
3. Tres
poderosas enseñanzas para nosotros
① “Para los
hijos de Dios no existe agotamiento ni escasez de gracia”
Cuando nos faltan recursos
materiales, nuestra salud se debilita o las personas nos hieren, podemos
desanimarnos y preguntar: “¿Por qué mi vida está tan seca y llena de
carencias?” Pero la Palabra de hoy
declara que somos personas que continuamente reciben “de su plenitud”. Cuando mis recursos físicos y emocionales
se agotan, debo volver a mirar al Señor, quien es la fuente inagotable de todo
lo que necesito.
② “No podemos
vivir hoy de la gracia de ayer. Hoy viene a nosotros nueva gracia”
Las grandes experiencias de
gracia que recibimos en el pasado no pueden sustituir nuestra dependencia de
Dios hoy. Así como Israel tenía que
recoger maná nuevo cada mañana en el desierto, los creyentes necesitan cada día
las nuevas misericordias del Señor. Por
eso, hoy también debemos esperar algo nuevo del Señor.
③ “Debemos
convertirnos en canales por los cuales la plenitud recibida fluya nuevamente
hacia el mundo”
El Señor no nos llenó para que
solo nosotros permaneciéramos llenos. Juan
dice: “Todos recibimos.” Las olas
de la gracia deben fluir por medio de la iglesia, de la comunidad de los
creyentes y de cada uno de nosotros hacia el mundo. Si recibo continuamente del Señor “gracia
sobre gracia”, mis vecinos y mi familia también deberían experimentar algo
de la gracia del Señor por medio de mí. Quiero
convertirme en un canal por el cual la ola de amor que ha llegado hasta mí
riegue el corazón seco de otra persona.
Mi confesión
final de esta meditación:
“La copa de mi vida rebosa hoy por la plenitud inagotable del Señor, y a la
orilla de mi vida siguen llegando, día tras día, nuevas olas de su gracia.”
Por enormes que parezcan los problemas y las preocupaciones que enfrento
hoy, ante la plenitud eterna de Jesucristo son solamente pequeños castillos de
arena. Deseo vivir hoy con valentía y
paz por medio de esa fiel e incesante “gracia sobre gracia” que Él me
concede momento tras momento.
(4) En
cuarto lugar, quisiera meditar en Juan 1:18: “A Dios nadie le vio jamás; el
Dios unigénito, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” [Θεὸν οὐδεὶς ἑώρακεν πώποτε· μονογενὴς Θεὸς ὁ ὢν εἰς τὸν κόλπον τοῦ Πατρὸς ἐκεῖνος ἐξηγήσατο].
(a) Al
meditar especialmente en la expresión “el Dios unigénito” [μονογενὴς Θεὸς], también
me surgió la pregunta de cuál es su relación con la expresión del versículo 14:
“la gloria como del unigénito del Padre” [δόξαν ὡς μονογενοῦς παρὰ πατρός].
Juan 1:18 constituye la conclusión final y gloriosa del prólogo del
Evangelio de Juan (1:1–18). El “unigénito
del Padre” del versículo 14 y el “Dios unigénito” del versículo 18
forman dos confesiones cristológicas estrechamente relacionadas que revelan
quién es realmente Jesucristo encarnado.
1. La
perfecta unidad de identidad: el “unigénito” es Dios
La lectura μονογενὴς Θεός (monogenēs
Theos), “el Dios unigénito”, está atestiguada en varios manuscritos
antiguos importantes. Juan presenta a
Cristo en el versículo 14 como el unigénito del Padre, lleno de gracia y de
verdad. Después, al concluir el prólogo
en el versículo 18, identifica a este Hijo único como Dios.
De esta manera, la identidad del Hijo en el versículo 14 se conecta
directamente con la declaración del versículo 1: “El Verbo era Dios.” Jesucristo es el Hijo divino que revela
de manera única al Padre.
2. La
perfección de la intimidad: de “procedente del Padre” a “en el seno del Padre”
Versículo 14: παρὰ πατρός (para patros)
enfatiza que el unigénito viene del Padre.
Versículo 18: ὁ ὢν εἰς τὸν κόλπον τοῦ Πατρὸς habla de Aquel
que está “en el seno del Padre”. La
palabra κόλπον
(kolpon), “seno”, expresa la intimidad, el amor y la comunión
personal más profundos que el Padre y el Hijo han compartido eternamente. La expresión ὁ ὢν (ho ōn), “el
que es”, utiliza un participio presente, subrayando la relación
continua del Hijo con el Padre.
Precisamente porque el unigénito viene del Padre, conoce perfectamente el
corazón, el amor y los misterios del Padre.
3. El
Intérprete perfecto: de “contemplar” la gloria a “interpretar” al Padre
El versículo 14 utiliza: ἐθεασάμεθα (etheasametha) — “vimos/contemplamos”. Por medio de Jesús venido en carne humana
contemplamos la gloria de Dios.
El versículo 18 utiliza: ἐξηγήσατο (exēgēsato) — “lo
dio a conocer”, “lo explicó”, “lo interpretó”.
Este verbo griego está relacionado con la palabra de la cual procede
el término teológico “exégesis”. Tiene
el sentido de explicar, relatar o dar a conocer algo plenamente. Nadie ha visto jamás a Dios, pero el Dios
unigénito que está en el seno del Padre lo ha dado a conocer.
Por eso, la razón por la cual podemos contemplar la gloria de Dios en Jesús
es que Jesús ha revelado perfectamente el carácter, el amor y el propósito
salvador del Dios invisible por medio de toda su persona y de toda su vida. Jesús es la revelación y la interpretación
perfecta de Dios.
Resumen teológico final de Juan 1:1–18:
El Verbo eterno que estaba con Dios más allá del tiempo y del espacio en
Juan 1:1 se hizo carne y puso su tabernáculo entre nosotros en el versículo 14;
finalmente, en el versículo 18, es revelado como el Dios unigénito que da a
conocer perfectamente al Dios invisible al mundo.
(i)
Esto me lleva a preguntar: ¿Cómo debemos
procurar comprender y recibir a este “Dios unigénito” que ha dado a
conocer perfectamente al Dios invisible?
a. Debemos
decidir comprender a Dios únicamente a través de “la lente de Jesús”
Debido a las limitaciones de la razón humana y a la percepción
distorsionada por el pecado, no podemos descubrir por nosotros mismos el
carácter y los propósitos del Dios invisible. Por eso debemos contemplar a Dios por
medio de Jesucristo, la revelación perfecta de Dios.
Cuando nos encontramos con pasajes difíciles del Antiguo Testamento o con
sufrimientos en nuestra vida, debemos interpretarlos a la luz de la cruz y del
amor de Jesús. Cada vez que preguntemos:
“¿Cómo es Dios realmente?” debemos
mirar las palabras, las acciones, la compasión y el carácter de Jesús en los
Evangelios y confesar: “¡Ah, así es Dios!”
Jesús es el rostro mediante el cual el Padre se nos da a conocer.
b. Debemos
recibir como nuestra la íntima relación de amor que se encuentra “en el seno
del Padre”
El Dios unigénito permanece en el seno del Padre. La revelación que Jesús nos da del Padre no
tiene como propósito simplemente proporcionarnos información teológica. Él nos invita a la comunión con Dios. Habiendo recibido a Cristo y habiendo llegado
a ser hijos de Dios, somos invitados a acercarnos al Padre por medio del Hijo.
Por eso, cuando oramos, no debemos permanecer a distancia como si Dios
fuera únicamente un Juez aterrador o un Creador remoto. En Cristo podemos acercarnos con la confianza
de hijos amados por su Padre.
c. Ahora
debemos vivir como “canales que interpretan a Dios” ante el mundo
El versículo 14 dice: “Vimos su gloria.”
El versículo 18 dice: “Él le ha dado a conocer.” Jesús reveló al Dios invisible mediante
toda su vida. Quienes lo hemos recibido
también somos llamados a hacer visible el carácter de Cristo mediante nuestra
vida.
Muchas personas en el mundo no leen la Biblia ni reconocen a Jesús, la Luz
verdadera. Por eso, nuestra vida puede
convertirse en un testimonio vivo por medio del cual otros encuentren algo de
su carácter. Mediante palabras honestas
en el hogar y en el trabajo, mediante nuestra disposición a ceder aunque ello
implique una pérdida, mediante el perdón incluso a nuestros enemigos, y
mediante un amor humilde que sabe limitarse a sí mismo, podemos mostrar que el
Dios invisible verdaderamente vive.
Confesión y
resolución final:
“Ya que he llegado a conocer con la mayor claridad al Dios invisible por
medio de Jesucristo, permaneceré en el abrazo de su amor y me convertiré en un
canal fiel por medio del cual el carácter del Señor sea traducido en una vida
visible ante el mundo.”
Todas las piezas de Juan 1:1–18 finalmente conducen a esta gloriosa
confesión: “Puesto que el Dios unigénito, la Luz verdadera, vive en mí,
ahora caminaré como hijo de la luz, venciendo al mundo mediante su poder.”
(5) Finalmente,
en quinto lugar, quisiera meditar en Juan 1:15: “Juan dio testimonio de él y
clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí es antes
de mí, porque era primero que yo.” [Ἰωάννης μαρτυρεῖ περὶ αὐτοῦ καὶ κέκραγεν λέγων· Οὗτος ἦν ὃν εἶπον· Ὁ ὀπίσω μου ἐρχόμενος ἔμπροσθέν μου γέγονεν, ὅτι πρῶτός μου ἦν.]
(a) La
declaración de Juan el Bautista constituye un poderoso testimonio cristológico.
1. La
eternidad y preexistencia de Jesús más allá del tiempo y del espacio
Juan hace una declaración paradójica que trastorna la cronología humana
ordinaria.
Biológicamente, Juan el Bautista nació aproximadamente seis meses antes que
Jesús (Lc. 1:36), y también comenzó antes su ministerio público.
En ese sentido histórico, Jesús verdaderamente era “el que viene después
de mí”. Sin embargo, Juan declara: “Era
primero que yo.” La palabra πρῶτος (prōtos) señala
aquí la prioridad de Cristo.
Jesús no fue simplemente un gran hombre que apareció accidentalmente en la
historia. Antes de que Juan naciera, antes
de que el universo fuera creado, desde el “principio” de Juan 1:1, Él
existía como el Verbo divino y eterno. Juan
comprendió esta realidad espiritual y por eso proclamó con valentía la
identidad trascendente de Cristo.
2. La
misión y pasión del testigo: “dio testimonio y clamó”
La palabra griega traducida “clamó”, κέκραγεν (kekragen), es una
forma perfecta de κράζω
(krazō), “clamar”. Describe
un clamor cuyo impacto y testimonio continúan resonando.
Juan no habló de manera vaga o tímida acerca de quién era Jesús. Debido a que poseía una profunda convicción
acerca de la verdad de Cristo, dio testimonio público de Él. Quienes preparamos el camino para el regreso
del Señor también necesitamos una convicción viva acerca del evangelio y una
disposición fiel para testificar de Cristo.
3. Reconocer
la absoluta prioridad de Cristo: “es antes de mí”
Juan declara que Jesús está “delante de mí” [ἔμπροσθέν μου γέγονεν].
Juan tenía muchos seguidores y una considerable influencia en la sociedad
judía. Podría haberse enorgullecido o
haber intentado conservar a sus propios seguidores. Pero, en cambio, reconoció claramente la
relación entre él y Cristo: “Él es mayor que yo. Aunque históricamente viene
después de mí, debe estar delante de mí como el Personaje central y el Señor de
mi vida.” Esta es una actitud de
auténtica negación de sí mismo.
Aplicación personal final:
“Señor, en todos los planes y en cada momento de mi vida, permite que Jesús
sea siempre el Primero y Aquel que está delante de todas las cosas.”
Reordenar las prioridades de mi vida: Con nuestros
labios confesamos que Jesús es Rey. Sin
embargo, en las prioridades reales relacionadas con el dinero, el tiempo, el
éxito, nuestros planes y nuestro orgullo, a veces colocamos al Señor detrás de
nosotros. Hoy quiero hacer mía la
confesión de Juan el Bautista: “Señor, tu Palabra debe ir siempre delante de
mis pensamientos y de mi agenda.” Quiero
cederle a Él la soberanía sobre cada área de mi vida.
Recuperar la proclamación del evangelio: Deseo que el
gozo de la salvación en Jesucristo permanezca tan vivo dentro de mí que,
mediante el carácter de mi vida y mediante palabras cálidas pero claramente
centradas en el evangelio, pueda dar testimonio fiel del Señor ante las
personas que encuentre cada día.
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