Capítulo 8:
Vaciar el “odio”
En el capítulo anterior examinamos cómo debemos
vaciar la “falsedad”, que oculta o altera la verdad para nuestro propio
beneficio. Ahora, en el capítulo 8,
examinaremos otro pecado que destruye profundamente nuestro corazón y nuestras
relaciones: el “odio”.
A lo largo de la vida recibimos heridas. A veces somos traicionados por personas
cercanas, sufrimos injusticias o sentimos que no hemos sido amados. En ocasiones, las palabras y acciones de
alguien producen en nosotros una profunda ira.
El hecho de haber sido herido no es pecado en sí mismo. Sentir dolor y enojo cuando sufrimos una
injusticia puede ser una reacción natural. El problema es cómo tratamos esa herida y ese
enojo. Si continuamos aferrándonos a la
herida, odiando a la otra persona, deseando que le vaya mal y alimentando el
deseo de hacerle pagar en la misma medida que nosotros sufrimos, llegará un
momento en que el odio comenzará a gobernar nuestro corazón. Primera de Juan 3:15 dice: “Todo aquel que
aborrece a su hermano es homicida”. Aunque
no hayamos matado físicamente a nadie, si continuamente condenamos y maldecimos
a otra persona en nuestro corazón y deseamos su desgracia, Dios no toma ese
corazón a la ligera. Por eso, vaciar el
odio no significa eliminar nuestras emociones por la fuerza. Significa llevar nuestras heridas y nuestra
ira delante de Dios y vaciarlas para que no lleguen a convertirse en los
señores de nuestro corazón.
Caín y Abel: la tragedia de quien no
pudo vaciar su odio
Uno de los primeros acontecimientos de la Biblia
que muestra las terribles consecuencias del odio es la historia de Caín y Abel
en Génesis 4. Caín y Abel presentaron
cada uno una ofrenda a Dios. Dios
recibió a Abel y su ofrenda, pero no recibió a Caín y su ofrenda. Entonces Caín
se enfureció y decayó su semblante. Dios
conocía el corazón de Caín y le advirtió que el pecado estaba a la puerta, que
lo deseaba, pero que él debía dominarlo.
Sin embargo, Caín no recibió la advertencia de Dios. En lugar de examinar su propio corazón, miró
a Abel. En lugar de tratar su problema
delante de Dios, dirigió su ira contra su hermano menor. Finalmente, el odio que creció en su corazón
terminó en asesinato. Aquí descubrimos
una característica importante del odio. El
odio no aparece completamente formado de repente. Al principio puede ser una pequeña decepción
o herida. Cuando esta se acumula durante
mucho tiempo, puede convertirse en resentimiento. Cuando seguimos guardando resentimiento, este
se convierte en ira; y si no vaciamos la ira, puede endurecerse hasta
convertirse en odio. Finalmente, el odio
comienza a gobernar nuestras palabras y acciones. Por eso debemos tratar el odio cuando todavía
es pequeño. Cuando surjan heridas e ira
en nuestro corazón, no debemos abandonarlas diciendo: “No es nada”, sino
examinarlas delante de Dios. No siempre
podemos impedir que una semilla de odio entre en nuestro corazón, pero no
debemos permitir que eche raíces y crezca.
El odio crece hasta convertirse en deseo
de venganza
En Génesis 27, después de que Jacob recibiera la
bendición de su padre Isaac, Esaú decidió en su corazón matar a su hermano
menor. La herida se convirtió en odio, y
el odio se transformó en deseo de venganza.
Cuando somos heridos, también pueden surgir pensamientos semejantes: “Quiero
pagarle de la misma manera.” “Quisiera
que esa persona sufriera tanto como yo.”
“Algún día quiero hacerle pagar por lo que hizo.” Estos sentimientos pueden surgir. Pero en ese momento debemos recordar una
verdad importante: Yo no soy el juez final.
Podemos llamar malo a lo que realmente está mal. Cuando sea necesario,
puede ser preciso exigir responsabilidad. Si hubo un delito o violencia, pueden ser
necesarias la protección adecuada y las correspondientes medidas legales. Perdonar no significa abandonar la justicia. Sin embargo, no debo aferrarme al derecho de
convertirme en el juez final de esa persona y vengarme personalmente. Romanos 12:19 nos enseña a dejar la venganza
en manos de Dios. Vaciar el odio no
significa fingir que nunca ocurrió el mal. Significa vaciar el deseo de
convertirme en juez y hacer pagar personalmente al otro, y encomendar el asunto
a la justicia de Dios.
La comparación y los celos pueden
convertirse en odio
También podemos observar el crecimiento del odio
en la vida del rey Saúl. Cuando David
regresó después de vencer a Goliat, la gente cantó exaltando a David por encima
de Saúl. Saúl guardó aquellas palabras
en su corazón, y su manera de mirar a David cambió. La comparación se convirtió en celos, y los
celos terminaron convirtiéndose en odio.
Finalmente, Saúl intentó matar a
David. Podemos sentirnos incómodos
cuando otra persona recibe más reconocimiento que nosotros. Cuando parece que los hijos de otra persona
tienen más éxito que los nuestros, cuando la iglesia de otro pastor crece más,
cuando un compañero de trabajo es ascendido antes que nosotros o cuando otra
persona recibe los elogios, pueden surgir comparación y celos en nuestro
corazón. Si dejamos esos sentimientos
sin tratar, podemos llegar a detestar a la persona misma. Podemos terminar odiándola no porque haya
hecho algo malo, sino porque nos desagrada verla prosperar. Por eso, cuando descubramos odio hacia
alguien, debemos preguntarnos: “¿Odio a esta persona porque realmente hizo
algo malo?” “¿O la odio porque me estoy
comparando con ella y tengo celos?” Debemos
examinarnos honestamente delante de estas preguntas.
El odio no permanece solamente en el
corazón
En Mateo 15:19, Jesús dijo que del corazón salen
los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, los falsos testimonios
y las calumnias. El pecado crece en el
corazón antes de manifestarse en acciones. Por eso, cuando surge la ira, es importante no
hablar ni actuar inmediatamente. Proverbios
16:32 dice que quien tarda en airarse es mejor que el fuerte, y quien domina su
espíritu, mejor que quien conquista una ciudad.
Cuando nuestras emociones están intensificadas, necesitamos detenernos. No tenemos que resolverlo todo en ese mismo
momento. No tenemos que enviar
inmediatamente ese mensaje de texto o correo electrónico. Cuando estamos enojados, no tenemos que
descargar sobre nuestro cónyuge o nuestros hijos todo lo que queremos decir. Debemos esperar hasta que la ira disminuya y
examinar primero nuestro corazón delante de Dios. “¿Por qué estoy tan enojado?” “¿Qué quiero realmente?” “¿Quiero que esta persona sea restaurada, o
quiero devolverle el dolor que recibí?” El
solo hecho de examinar nuestro corazón de esta manera puede ayudarnos a impedir
que la ira crezca hasta convertirse en odio.
Detenerse cuando surge la ira no es debilidad. Es la fuerza de
gobernarse a uno mismo.
El odio puede destruir una familia
Uno de los lugares donde el odio deja las heridas
más profundas es la familia. Debido a
que los miembros de una familia están muy cerca unos de otros, pueden amarse
profundamente, pero también pueden herirse profundamente. El relato de Amnón y Tamar en 2 Samuel 13
muestra cuán terribles heridas y odio puede producir un deseo egoísta. Lo que Amnón sentía por Tamar no era
verdadero amor. Era una pasión que buscaba satisfacer su propio deseo. Después de violarla por la fuerza, llegó
incluso a odiarla intensamente. El
verdadero amor busca el bien de la otra persona. El deseo egoísta, en cambio, convierte a la
otra persona en un objeto destinado a satisfacer las propias necesidades. El pecado de Amnón no terminó allí. A causa de aquel acontecimiento surgió una
profunda herida en la familia de David y finalmente condujo a la venganza de
Absalón. El pecado y el odio de una
persona produjeron otro odio y otra venganza.
El odio no permanece aislado. El
odio que no se vacía dentro de una familia puede transmitirse al cónyuge y, a
veces, incluso a los hijos.
No transmita a sus hijos las heridas
entre marido y mujer
En Génesis 29, Lea experimentó el dolor de no ser
amada por su esposo Jacob. Incluso en
los nombres de sus hijos podemos percibir su deseo de ser amada por su esposo. La falta de amor y reconocimiento de nuestro
cónyuge puede producir una herida profunda.
Pero
no debemos intentar llenar esa herida a través de nuestros hijos. Si durante un conflicto matrimonial hacemos
que los hijos tomen nuestro partido, les hablamos continuamente de las faltas
del otro cónyuge o exigimos de ellos un consuelo emocional excesivo porque no
lo recibimos de nuestro esposo o esposa, podemos arrastrarlos al conflicto de
sus padres. Los hijos no existen para
llenar la soledad de sus padres. En la
medida de lo posible, los problemas entre marido y mujer deben ser tratados por
la pareja delante de Dios. No transmita
a sus hijos el resentimiento que siente hacia su cónyuge. No dé a sus hijos razones para odiar al otro
padre. Debemos impedir que las heridas
que nosotros recibimos se conviertan en heridas para la siguiente generación. Vaciar el odio no es solamente algo que
hacemos por nuestro propio corazón; también es una manera de proteger a la
próxima generación.
José fue odiado, pero no vivió dominado
por el odio
En Génesis 37, los hermanos de José vieron que su
padre amaba más a José y lo odiaron. La
comparación produjo celos, y los celos crecieron hasta convertirse en odio. Finalmente, arrojaron a José a un pozo y lo
vendieron a mercaderes que viajaban a Egipto.
José fue abandonado por su propia familia. Tenía razones más que suficientes para odiar. Sin embargo, lo sorprendente es que José no
permitió que el mal que sus hermanos le habían hecho se convirtiera en el
centro que gobernara su vida. Génesis
39:21 dice que incluso en la cárcel el Señor estaba con José. Las personas abandonaron a José, pero Dios no
lo abandonó. Esta fe es importante. Ser odiado por las personas no significa
haber sido abandonado por Dios. Que
alguien me malinterprete no significa que Dios también me malinterprete. Que alguien me haga mal no significa que esa
persona tenga la última palabra sobre mi vida.
Más tarde José volvió a encontrarse con los hermanos que lo habían
vendido. En ese momento tenía poder para
vengarse. Pero no lo hizo. En Génesis 50:20 les dijo: “Ustedes
pensaron hacerme mal, pero Dios lo encaminó para bien.” José no dijo que el mal cometido por sus
hermanos no fuera mal. Dijo claramente: “Ustedes
pensaron hacerme mal.” Pero al mismo
tiempo contempló la soberanía de Dios, que era mayor que aquel mal. Esta es una fe muy importante para vaciar el
odio. Perdonar no significa llamar bueno
al mal, sino creer en Dios, que es mayor que el mal.
Cuando sea odiado, no responda al odio
con odio
Jesús dijo que sus discípulos podían ser odiados
por el mundo. En Juan 15, el Señor dijo
que, debido a que el mundo lo había odiado a Él, también odiaría a sus
discípulos. Por eso, el simple hecho de
que alguien me odie no significa necesariamente que yo esté andando por un
camino equivocado. Lo importante es qué
elijo cuando soy odiado. Si alguien me
odia y yo también comienzo a odiarlo, termino recibiendo en mi propio corazón
el odio que esa persona me arrojó. Hebreos
12:3 nos dice que consideremos a Jesús, quien soportó la oposición de los
pecadores contra Él. Si cuando somos
odiados miramos solamente a la otra persona, nuestro corazón puede endurecerse
cada vez más. Pero si miramos a Jesús,
quien soportó por nosotros en la cruz, podemos escoger otro camino. Es el camino de no devolver mal por mal,
insulto por insulto ni odio por odio.
Perdonar significa no permitir que el
odio gobierne mi corazón
Pedro preguntó a Jesús cuántas veces debía
perdonar a un hermano que pecara contra él.
Jesús le dijo que no perdonara solamente siete veces, sino aun setenta
veces siete. Esto no significa que
debamos contar el número de veces que perdonamos. Significa que debemos aprender una vida de
perdón continuo. Pero no debemos
malentender el perdón. Perdonar no
significa decir que lo que la otra persona hizo no estuvo mal. No significa actuar como si nunca hubiéramos
sido heridos. No significa ocultar un
delito. No significa que la confianza se
restaure inmediatamente. Tampoco
significa que toda relación deba volver necesariamente a ser exactamente como
antes. Cuando sea necesario, debemos
establecer límites saludables. Si existe
violencia repetida o daño grave, puede ser necesario asegurar nuestra
protección y buscar ayuda adecuada. También
debemos distinguir entre perdón y reconciliación. Yo puedo comenzar a perdonar delante de Dios,
pero la reconciliación plena de una relación puede requerir arrepentimiento
sincero y cambio por parte de la otra persona.
Por eso, perdonar no es justificar el pecado del otro, sino encomendar a
Dios el juicio final sobre esa persona y no permitir que el odio y el deseo de
venganza gobiernen mi corazón.
El mayor ejemplo del perdón es la cruz
El lugar más profundo donde vaciamos el odio es,
finalmente, la cruz. Jesús no maldijo a
quienes lo crucificaban. Al contrario,
oró: “Padre, perdónalos.” La cruz
nos muestra qué clase de amor hemos recibido.
No fuimos salvos porque nosotros amáramos primero a Dios. Cristo tampoco murió porque fuéramos dignos
del amor de Dios. Cuando todavía éramos
pecadores, Cristo murió por nosotros. Por
eso, la fuerza para perdonar a otros nace finalmente de comprender cuánto hemos
sido perdonados nosotros. Si pensamos
solamente: “¿Merece esa persona ser perdonada?” será difícil perdonar. Pero delante de la cruz cambia la pregunta: “¿Cuánto
me ha perdonado Dios a mí?” Cuando
recordamos esa gracia, podemos ir vaciando poco a poco el odio al que nos
aferrábamos. Porque soy una persona
perdonada, aprendo a perdonar a los demás.
Cuando vaciamos el odio, el amor
comienza a fluir nuevamente
Proverbios 10:12 dice: “El odio despierta
contiendas, pero el amor cubre todas las faltas.” Cubrir las faltas no significa esconder
el pecado ni tolerar el mal. Significa
no aferrarnos a las debilidades y errores de otra persona para utilizarlos como
herramientas para exaltarnos. El amor no
almacena los errores del pasado para sacarlos nuevamente como armas cada vez
que surge una discusión. El amor
recuerda la gracia que Dios nos ha mostrado e intenta extender esa gracia a los
demás. Por eso, vaciar el odio debe
comenzar con quienes están más cerca. Examine
las antiguas heridas que ha acumulado contra su cónyuge. Lleve delante de Dios las heridas que guarda
hacia sus padres. Examine también la
competencia y el resentimiento hacia sus hermanos. Lleve ante el Señor las heridas recibidas en
la iglesia y la decepción que siente hacia las personas. Háblele a Dios también de la ira que siente
hacia quien le ha hecho difícil la vida en el trabajo. No esconda el odio. Pero tampoco viva aferrándose a él. Debe vaciarlo delante de Dios, una cosa a la
vez. Y debe llenar ese lugar con el amor
de Cristo.
Principios y pautas prácticas para vaciar el “odio”
¿Cómo podemos, entonces, vaciar realmente el odio
en nuestro hogar, iglesia y lugar de trabajo?
El odio puede no desaparecer completamente mediante una sola decisión. Cuanto más antigua sea la herida, más puede
volver a nuestra memoria; e incluso algo que creíamos haber perdonado puede
volver a dolernos. Cuando eso ocurra, no
tenemos que pensar que hemos fracasado. Podemos
llevarlo nuevamente delante de Dios. Vaciar
el odio no es tanto una decisión emocional de una sola vez, sino un proceso en
el cual, cada vez que vuelven a surgir la herida y la ira, las entregamos a
Dios y escogemos el amor.
1. Cuando
descubra una semilla de odio, trátela inmediatamente delante de Dios
No tome a la ligera las pequeñas heridas. Si sigue pensando en alguien y alimentando la
ira en su corazón, lleve esa emoción delante de Dios. “Señor, odio a esa persona.” “Todavía me enojo cuando pienso en lo que
ocurrió.” “Incluso deseo que algo malo
le suceda.” Reconozca honestamente
delante de Dios lo que hay en su corazón.
Fingir que no existe odio no es vaciarlo. Primero debemos reconocer que existe para
poder vaciarlo.
2. Cuando
la ira sea intensa, no hable ni actúe inmediatamente
Cuando esté enojado, tenga cuidado con sus
palabras y acciones. No envíe
inmediatamente ese mensaje de texto o correo electrónico. No descargue sobre su cónyuge todo lo que se
le ocurra. No derrame su ira sobre sus
hijos. Tampoco tome decisiones
importantes en el trabajo mientras esté enojado. Deténgase y ore. Si es necesario, tome distancia y dé tiempo a
su corazón para calmarse. Después, diga
la verdad con amor. Reprimir la ira y no
permitir que la ira nos gobierne son cosas diferentes. No niegue sus emociones, pero no permita que
ellas determinen sus palabras y acciones.
3. Encomiende
a Dios su deseo de venganza
Vacíe el pensamiento de que usted personalmente
tiene que hacer pagar al otro por lo que hizo.
Exigir la responsabilidad necesaria y vengarse son cosas diferentes. Si es necesaria la justicia, trate el
problema por medios legítimos. Pero no
convierta la destrucción de la otra persona en el objetivo de su vida. Ore: “Dios, no seré el juez. Encomiendo
este asunto a tu justicia.” Uno de
los momentos decisivos al vaciar el odio es aquel en que devolvemos a Dios el
lugar de Juez que habíamos intentado ocupar.
4. No
transmita las heridas de la familia a otros miembros de la familia
No descargue sobre sus hijos las heridas que
recibió de su cónyuge. No haga que sus
hijos tomen su partido. No compare a un
hijo con otro ni muestre favoritismo. Examine
su corazón para no repetir con su cónyuge las heridas que usted recibió de sus
padres. En una familia se necesita a
alguien que corte el flujo del odio. No
diga: “Mis padres también vivieron así, de modo que yo no puedo hacer nada.” En Cristo podemos escoger de manera
diferente. No transmitir las heridas que
recibimos a la siguiente persona y detener en nuestra propia generación el
flujo del odio es también una práctica importante del vaciamiento.
5. Ore por
la persona que lo hirió
Jesús nos enseñó a amar a nuestros enemigos y a
orar por quienes nos persiguen. Al
principio, esa oración quizá no nazca espontáneamente del corazón. Ore de todos modos.
Puede
orar honestamente: “Señor, todavía no tengo en mi corazón el deseo de
bendecir a esta persona. Pero gobierna mi corazón.” Orar por alguien no significa que deba
acercarse inmediatamente a esa persona. Pero
puede ejercitarse en salir de un corazón que continuamente la maldice y
encomendarla a Dios. Una oración que al
principio comenzó con lágrimas puede convertirse algún día en una oración de
compasión. Sin embargo, tampoco podemos
realizar estas cinco prácticas únicamente con nuestras propias fuerzas. Como el odio está conectado con heridas
profundas, puede no desaparecer inmediatamente simplemente porque decidamos: “A
partir de ahora no odiaré”. Necesitamos
la ayuda del Espíritu Santo. Cuando el
Espíritu Santo ilumine nuestro corazón por medio de la Palabra, no debemos
ocultar el odio, sino reconocerlo. Y
debemos recordar nuevamente el perdón que recibimos en la cruz. Podemos orar así: “Señor, muéstrame el
odio que hay dentro de mí. No permitas que esconda delante de ti la ira, el
resentimiento y el deseo de venganza que surgen cuando pienso en quien me
hirió. Ayúdame a vaciar mi deseo de convertirme en juez y a encomendarte todo
juicio. No permitas que transmita las heridas que recibí a mi cónyuge, a mis
hijos ni a otras personas, y no permitas que pague odio con odio. Hazme
comprender profundamente el amor del Señor que me perdonó en la cruz, y llena
con el amor de Cristo mi corazón vaciado de odio.”
Vaciar el odio no significa vivir como si nunca
hubiéramos sido heridos. Tampoco
significa decir que lo malo no fue malo.
Vaciar el odio significa no entregar a la persona que me hirió el lugar
de señor de mi corazón. Significa no
permitir que, debido al mal cometido por otra persona, mi corazón viva toda la
vida encadenado a la ira y al resentimiento.
Significa vaciar mi deseo de convertirme en juez y encomendarlo todo a
la justicia de Dios.
Y
significa ir llenando ese lugar vacío con el amor y el perdón de Cristo. Debemos vaciar el odio de Caín. Debemos vaciar el deseo de venganza de Esaú. Debemos vaciar los celos y el odio de Saúl. Como José, debemos mirar la mano de Dios, que
es mayor que la maldad humana. Y, sobre
todo, debemos mirar a Jesús, quien en la cruz perdonó incluso a quienes lo
odiaban. El odio dice: “Tengo que
hacerle pagar.” La fe confiesa: “Lo
encomendaré a Dios.” El odio nos
hace vivir aferrados a nuestras heridas, pero el amor nos hace vivir
aferrados a la cruz. Por eso debemos
preguntarnos cada día: “¿A quién sigo odiando?” “¿Cuál es la herida que no puedo soltar y en
la que pienso repetidamente?” “¿Hay
alguien a quien quiero juzgar y hacer pagar personalmente?” “¿Estoy transmitiendo las heridas que recibí
a mi cónyuge o a mis hijos?” Lleve
ese nombre y esa herida delante de Dios.
Y vacíelos uno por uno. El
propósito del vaciamiento no es convertirnos en personas vacías. Es llenar con el amor de Cristo el lugar que
ha quedado vacío del odio. Así, nuestros
hogares, iglesias y lugares de trabajo dejarán de ser canales por los cuales
fluye el odio y se convertirán en canales por los cuales fluye el amor de
Cristo. Este es el camino de “vaciar
el odio” que debemos recorrer cada día.
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