No pongamos nuestra confianza en la riqueza.
«Los que confían en sus riquezas y se
jactan de sus grandes caudales no pueden redimir a sus hermanos ni pagar a Dios
su rescate, pues el rescate de una vida es demasiado costoso y el precio nunca
podrá pagarse» (Salmo 49:6-8).
Ayer
terminé de leer un libro titulado *Freedom from Financial Fear* (Libertad
frente al temor financiero), del reverendo James Kennedy. Compré el libro no
solo porque el título llamó mi atención, sino también por el autor. Al
terminarlo, resumí algunos puntos que invitan a la reflexión. Uno de ellos es
que diezmar a Dios no es una cuestión de finanzas, sino de fe. El problema de
fe surge porque no creemos en la promesa que Dios nos dio en Malaquías 3:10:
«Traigan íntegro el diezmo a los graneros, para que haya alimento en mi casa.
Pruébenme en esto —dice el Señor Todopoderoso— y vean si no abro las compuertas
del cielo y derramo sobre ustedes tanta bendición que no haya lugar suficiente
para almacenarla». En consecuencia, no solo perdemos las bendiciones de Dios
—quien cumple sus promesas—, sino que tampoco experimentamos la libertad frente
al temor financiero. En cambio, terminamos viviendo preocupados y ansiosos por
asuntos económicos. Sin embargo, surge un problema aún más grave cuando nuestra
riqueza aumenta a pesar de no creer en las promesas de Dios ni entregar el
diezmo completo. Esta es una cuestión más seria porque, en tales situaciones,
nuestro instinto es confiar en esa abundancia de riqueza. No hacer de Dios
nuestra fortaleza es un problema grave (Salmo 52:7). En el Salmo 49, el
salmista describe cómo se veía rodeado de enemigos malvados (versículo 5):
personas que confiaban en su riqueza y se jactaban de sus caudales (versículo
6). Eran necios que confiaban en sí mismos en lugar de confiar en Dios
(versículo 13). Su necedad radicaba en no comprender que ninguna cantidad de
dinero podía salvar la vida de otra persona ni pagar el precio del rescate a
Dios (versículo 7). No entendían que el costo de redimir una vida humana es tan
inmenso que jamás podría pagarse (versículo 8). No comprendieron que, a pesar
de su inmensa riqueza, ningún pago podía permitir a una persona vivir para
siempre y escapar de la muerte (versículos 8–9). Además, actuaron con
insensatez porque, en el fondo, creían que sus hogares perdurarían eternamente
(versículo 11). No se dieron cuenta de que, al morir, no podrían llevarse nada
consigo a la tumba (versículo 17). No vieron que finalmente dejarían sus
riquezas a otros (versículo 10). No entendieron que, por mucha satisfacción que
hallaran en este mundo o por muchos elogios que recibieran por su éxito,
acabarían muriendo como sus antepasados y nunca más verían la luz de la vida (versículos 18–19). ¿Qué sentido tiene vivir en medio del esplendor mundano? (versículo 20). Pues, por mucha gloria de la que
disfruten las personas, no pueden vivir para siempre (versículo 12). En última
instancia, están destinadas a la muerte (versículo 14); todas perecerán y su
belleza se desvanecerá (versículo 14). No se percatan de que sus tumbas se convertirán
en sus hogares eternos, donde habitarán para siempre (v. 11). Quienes carecen
de tal entendimiento son como las bestias que perecen (vv. 12, 20). Sin
embargo, el salmista comprendía todo esto, pues poseía sabiduría y
discernimiento (v. 3). También sabía que Dios lo recibiría y libraría su alma
del poder de la muerte (v. 15). Por ello, nos invita a todos a escuchar con
atención (vv. 1–2). Nos dice: «No se desanimen al ver a otros acumular riquezas
y aumentar el prestigio de sus familias» (v. 16).
No
debemos ser insensatos que confían en las riquezas. No debemos ser como las
bestias que carecen de entendimiento. Debemos reconocer la verdad: Dios pagó un
precio inmenso para redimir nuestras almas del poder de la muerte. ¿Cuál fue
ese precio? Su Hijo unigénito, Jesús, se hizo maldición por nosotros para
redimirnos de la maldición de la ley (Gálatas 3:13). Dios expió todos nuestros
pecados mediante la muerte sacrificial de su único Hijo en la cruz (Hebreos
2:17; Salmo 130:8). Hemos obtenido la redención —el perdón de los pecados— en
el Hijo de Dios (Colosenses 1:14). Mediante la redención que hay en Cristo
Jesús, hemos sido justificados gratuitamente por la gracia de Dios (Romanos
3:24) y hemos recibido la condición de hijos de Dios (Gálatas 4:5). Así, hemos
sido redimidos sin dinero (Isaías 52:3). Dios nos redimió a través de la muerte
sacrificial de su Hijo unigénito, Jesús, en la cruz, salvando nuestras almas
del poder de la muerte (Salmo 49:15). Por tanto, debemos confiar en Dios.
Debemos hacer de Dios la fortaleza de nuestra salvación (52:7).
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