«¿Dónde está tu Dios?»
«¿Por qué te abates, oh alma mía, y por
qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarle,
¡Salvador mío y Dios mío!» (Salmo 42:5).
Una
de las preguntas que a menudo nos hacemos los cristianos es: «¿Por qué deben
sufrir los justos?». A veces nos preguntamos por qué prosperan los impíos
mientras nosotros —que hemos sido justificados por la fe en Jesús— debemos
soportar el sufrimiento. En medio de tales interrogantes, hay una pregunta que
inquieta nuestro corazón y nos sume en la desesperación: «¿Dónde está tu
Dios?». Es fácil desanimarse cuando los no creyentes que nos rodean —aquellos
que no confían en Jesús— nos lanzan esta pregunta. Podemos sentirnos aún más
angustiados y desalentados cuando nuestros enemigos —aquellos que nos
atormentan, nos menosprecian y nos persiguen— nos arrojan esa misma pregunta.
Esta
era precisamente la situación que enfrentaba el salmista en el pasaje de hoy,
el Salmo 43. Estaba lleno de desesperación y ansiedad. Esto se debía a que
sufría la opresión de sus adversarios y enemigos (v. 9); lo calumniaban (v. 10)
y se burlaban de él todo el día, preguntándole: «¿Dónde está tu Dios?» (vv. 3,
10). Sin embargo, aun en lo más profundo de su desesperación, el salmista
anhelaba a Dios (v. 2). Tenía sed de Dios con la misma intensidad con la que un
ciervo busca una corriente de agua (v. 1). ¡Qué preciosa gracia de Dios es
esta! Es verdaderamente un acto de la gracia divina que Él hiciera que el
salmista anhelara Su presencia incluso en medio de la desesperación.
Descansando en la gracia de Dios, el salmista se acordó del Señor (v. 6) y oró al
Dios de su vida (v. 8). Al hacerlo, llegó a poner su esperanza en Dios; volvió
su mirada hacia Él (vv. 5, 11; Sal. 43:5). En última instancia, Dios utilizó la
desesperación del salmista para despertar en él un anhelo por Su presencia y,
dentro de ese anhelo, le permitió poner su esperanza en Él. Además, Dios guio
al salmista, lleno de esperanza, a alabarlo por la ayuda hallada en su
presencia (vv. 5, 11; 43:5). ¡Qué maravillosa es esta gracia del Dios vivo!
Nuestro
Dios no es en absoluto un Dios muerto; Él es el Dios vivo. Él es Emanuel: el
Dios que está con nosotros. Dios conoce y ve plenamente el sufrimiento que
enfrentamos bajo el amparo de su soberanía. Aun cuando sintamos que nuestra
paciencia llega al límite porque parece no haber solución para nuestro dolor,
debemos protegernos de la burla de nuestros enemigos: «¿Dónde está tu Dios?».
Jamás debemos permitir que esas palabras penetren en nuestro corazón y nos
lleven a preguntarnos: «¿Dónde está, en realidad, mi Dios?». Hacerlo nos
conduciría a la misma ansiedad y desesperación que experimentó el salmista. Sin
embargo, incluso cuando caemos en la desesperación, debemos transformarla en
una oportunidad para anhelar a Dios. Al igual que el salmista, debemos buscar a
Dios con fervor mediante la oración en medio de nuestra desesperación. Cuando
lo hacemos, Dios infunde esperanza en nuestros corazones y nos concede la
certeza de su ayuda. En consecuencia, alabaremos a Dios con un corazón lleno de
esperanza. Ruego que esta preciosa gracia repose sobre todos nosotros.
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