La vida justa del cristiano (2)
[Proverbios 20:19-25]
Durante
las últimas dos semanas, centrándonos en Proverbios 20:13-18, aprendimos cuatro
lecciones sobre cómo vivir una vida justa como cristianos: la manera correcta
de vivir, el hablar correcto, el amor correcto y la administración correcta. En
cuanto a la manera correcta de vivir, se nos enseñó a trabajar con diligencia
(v. 13). Respecto al hablar correcto, aprendimos a no jactarnos (v. 14) ni
hablar con engaño (v. 17), sino a hablar con sabiduría (v. 15). Sobre el amor
correcto, aprendimos a ser cautelosos al salir fiadores por otros, reconociendo
que incluso el amor al prójimo requiere prudencia (v. 16). Finalmente, en
cuanto a la administración correcta, aprendimos que el consejo y la guía son
necesarios (v. 18) y —lo que es crucial— que debemos encomendar nuestros
asuntos a Dios para que Su voluntad se cumpla a través de nuestra gestión. Hoy,
continuando con Proverbios 20:19-25, exploraremos cinco lecciones sobre cómo
vivir, como cristianos, una vida que sea recta ante los ojos de Dios.
En
primer lugar, para vivir una vida recta ante los ojos de Dios, debemos mantener
relaciones humanas adecuadas.
¿Cómo
debemos, entonces, establecer relaciones correctas con los demás como
cristianos? ¿A alguno de ustedes le resulta una carga la perspectiva de
relacionarse con las personas? Imagino que hay gente a nuestro alrededor con la
que es verdaderamente difícil llevarse bien. Las relaciones humanas son
inevitablemente difíciles porque hay personas que nos causan dificultades,
hieren nuestros corazones y nos infligen dolor. Quienes trabajan en un entorno
profesional, en particular, probablemente comprendan muy bien cuán desafiantes
y agotadoras pueden ser estas relaciones. Según los resultados de encuestas,
existen dos categorías principales de dificultades laborales: los desafíos
inherentes al trabajo mismo y los desafíos derivados de las relaciones humanas.
Cabe destacar que se dice que las dificultades provenientes de las relaciones
humanas son el doble de significativas que aquellas relacionadas con el trabajo
en sí. ¿Qué opinan ustedes al respecto? Al reflexionar sobre las relaciones
humanas adecuadas para los cristianos, creo que sería beneficioso retomar el
tema de «las relaciones humanas del sabio», asunto sobre el cual meditamos
anteriormente basándonos en Proverbios 3:27–30. En aquel entonces, aprendimos
tres principios clave respecto a las relaciones humanas:
(1)
El primer principio de las relaciones del sabio es que no debemos negar la
generosidad a quienes la merecen.
Observemos
Proverbios 3:27–28: «No niegues el bien a quien se lo debes, cuando esté en tu
mano hacerlo. No digas a tu prójimo: "Vuelve más tarde; te lo daré
mañana", cuando ya lo tienes contigo». Estamos llamados a dar cuando
tenemos los medios para hacerlo, y no debemos vacilar en extender esa
generosidad a quienes tienen legítimo derecho a ella.
(2)
El segundo principio de las relaciones del sabio es que no debemos hacer daño a
los demás sin motivo.
Observemos
Proverbios 3:29–30: «No trames el mal contra tu prójimo, que vive confiado
junto a ti. No busques pleito con nadie sin causa, cuando no se te ha hecho
ningún daño». No debemos buscar peleas ni discutir con los demás sin una razón
válida.
(3)
El tercer principio de las relaciones del sabio es que no debemos envidiar al
violento ni al opresor. Observemos Proverbios 3:31: «No envidies al hombre
violento ni elijas ninguno de sus caminos». La razón es que Dios aborrece al
perverso (v. 32), lo maldice (v. 33), se burla de él (v. 34) y lo cubre de
vergüenza (v. 35).
En
el pasaje de hoy —Proverbios 20:19–22— podemos identificar tres lecciones que
Dios nos enseña sobre las relaciones humanas adecuadas para los cristianos:
(1)
Debemos evitar a las personas que hablan demasiado.
Observemos
Proverbios 20:19: «El chismoso traiciona la confianza; así que evita a
cualquiera que hable demasiado». Aquí, la persona que «habla demasiado» se
describe como alguien que anda divulgando chismes: alguien a quien le encanta
hablar de los demás. Específicamente, se refiere a alguien a quien le gusta
hablar de los demás y, en particular, revelar información confidencial. En
inglés, a menudo se denomina a esta persona *gossip* (chismoso) o *chatterbox*
(hablador compulsivo). La Biblia nos dice que no nos asociemos con tales
personas, sino que las evitemos. ¿Por qué debemos evitar a los chismosos a
quienes les encanta hablar de los demás? La razón es que traicionan las
confidencias (v. 19; 11:13). En otras palabras, debemos evitarlos porque quebrantan
la confianza. Además de esto, Proverbios ofrece otra razón para evitar a los
chismosos: provocan contiendas. Observemos Proverbios 26:20: «Sin leña se apaga
el fuego, y donde no hay chismoso, cesa la contienda». Otra razón es que el
chismoso crea una brecha entre amigos íntimos. Veamos Proverbios 16:28: «El
hombre perverso promueve contiendas, y el chismoso separa a los mejores
amigos». ¿No está de acuerdo? ¿No le parece que un chismoso —alguien a quien le
encanta hablar de los demás— provoca conflictos y separa a amigos íntimos? Y no
se trata solo de amigos íntimos; causan división entre hermanos y hermanas, e
incluso siembran discordia y conflicto dentro de los matrimonios. ¿Cómo logran
los chismosos distanciar a las personas de esta manera? Lo hacen levantando
falso testimonio. Veamos Proverbios 6:19: «El testigo falso que habla mentiras,
y el que siembra discordia entre hermanos». Por lo tanto, debemos evitar
asociarnos con personas que hablan demasiado.
(2)
No debemos maldecir a nuestros padres.
Observemos
el texto de hoy, Proverbios 20:20: «Al que maldice a su padre o a su madre, se
le apagará su lámpara en densas tinieblas». Al escuchar esto, podría cruzársele
por la mente un pensamiento: «¿Qué clase de hijo maldeciría realmente a sus
padres?». Sin embargo, si examinamos la palabra hebrea original para
«maldecir», esta conlleva no solo el significado de «maldecir», sino también el
de «menospreciar» (tratar como insignificante o subestimar) (Vine). Esto
significa que la frase «al que maldice a su padre o a su madre» en el texto de
hoy también puede traducirse como «al que menosprecia a su padre o a su madre».
¿No cambia el sentido del asunto cuando se traduce de esa manera? Si bien puede
haber pocos hijos que realmente maldigan a sus padres, ¿acaso no hay muchos que
los tratan como si fueran insignificantes? ¿No hay muchos hijos que desprecian,
miran por encima del hombro y subestiman a sus padres? En el Nuevo Testamento,
Mateo 15:4 dice: "Porque Dios dijo: 'Honra a tu padre y a tu madre', y 'El
que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente'". Mientras que
las versiones en inglés de la Biblia utilizan la palabra "maldice",
la versión coreana emplea un término que significa "calumnia" o
"habla mal de". Teniendo esto en cuenta, "maldecir" a los
padres puede entenderse como calumniarlos o maltratarlos verbalmente. Según el
Antiguo Testamento, cualquiera que maldiga a sus padres o los trate como
insignificantes viola el quinto mandamiento: "Honra a tu padre y a tu
madre" (Éxodo 20:12). Respecto a la pena por esta infracción, Éxodo 21:17
establece: "El que maldiga a su padre o a su madre, muera
irremisiblemente" (cf. Levítico 20:9). Algunos comentarios interpretan
este pasaje señalando que la pena se aplica no solo a "maldecir" a
los padres, sino incluso a "rebelarse contra" ellos (Walvoord). Del
mismo modo, la última parte de Proverbios 20:20 —que dice que para quien
maldice a sus padres "su lámpara se apagará en profunda oscuridad"—
también hace referencia a la muerte (Walvoord). Por tanto, en nuestra relación
con nuestros padres, no debemos maldecirlos, sino bendecirlos. No debemos
tratarlos como insignificantes, sino valorarlos como seres preciosos. Además,
no debemos despreciarlos ni subestimarlos, sino honrarlos.
(3)
No debemos buscar venganza.
Observemos
el pasaje de hoy, Proverbios 20:22: «No digas: "Pagaré el mal con el
mal"; espera al Señor, y él te librará». En las relaciones humanas, cuando
alguien nos causa dolor, nuestro instinto natural es querer devolverle el
sufrimiento que hemos padecido. Por consiguiente, a menudo preferimos la idea
de «odiar a tu enemigo» (Mateo 5:43) frente al mandato de Jesús de «amar a
vuestros enemigos». Albergamos el deseo de tomar represalias, siguiendo el
principio que se encuentra en Deuteronomio 19:21: «vida por vida, ojo por ojo,
diente por diente, mano por mano, pie por pie». Por eso Dios nos habla en
Proverbios 24:29 diciendo: «No digas: "Haré con él lo mismo que él hizo
conmigo; le pagaré a ese hombre por lo que ha hecho"». Del mismo modo, el pasaje
de hoy en Proverbios 20:22 nos instruye a no decir: «Pagaré el mal con el mal».
Esto significa que, aunque alguien nos haya causado dolor, no debemos intentar
infligirle dolor a cambio. Al fin y al cabo, si lo hiciéramos, ¿no nos
volveríamos iguales a la persona que nos hizo daño? Si somos verdaderos
cristianos que creemos en Jesús, ¿no deberíamos ser algo diferentes de la gente
del mundo? Una de las formas en que debemos diferenciarnos es esperando en Dios
en lugar de pagar el mal con el mal (Proverbios 20:22). Para entender qué
significa esperar en Dios en este contexto, debemos acudir a Romanos 12:19:
«Amados, nunca os venguéis vosotros mismos, sino dejad lugar a la ira de Dios,
porque está escrito: "Mía es la venganza, yo pagaré", dice el Señor».
En otras palabras, la razón por la que no debemos vengarnos nosotros mismos,
sino esperar en Dios, es que la venganza le pertenece a Él, no a nosotros;
puesto que Él pagará en nuestro nombre, estamos llamados a confiar en Él y a
esperar. Deuteronomio 32:25 afirma: «Me vengaré en el momento en que tropiecen;
pues el día de su calamidad está cerca, y su ruina se acerca rápidamente». ¿Qué
significa esto? Significa que la venganza pertenece a Dios. Significa que
nuestro Dios es un Dios que ejecuta venganza. Observemos Nahúm 1:2: «Jehová es
Dios celoso y vengador; Jehová es vengador y lleno de indignación; Jehová se
venga de sus adversarios y guarda enojo para sus enemigos». Sin duda, Dios
ejecutará venganza a nuestro favor cuando llegue el momento de Su venganza
(Jeremías 51:6). Por lo tanto, no debemos buscar venganza; debemos confiar en
Dios y esperar. A su debido tiempo, Dios ejecutará venganza y nos librará.
En
segundo lugar, para vivir una vida recta ante los ojos de Dios como cristianos,
debemos tener una comprensión adecuada de lo que es la herencia.
Amigos,
¿qué es la «herencia»? Una enciclopedia en línea define la herencia como «la
sucesión integral de bienes y estatus tras la muerte de una persona», señalando
que «el núcleo de la herencia reside en la sucesión de bienes». Miremos el
texto de hoy, Proverbios 20:21: «Los bienes que se adquieren de prisa al
principio, no serán bendecidos al final». El texto coreano utiliza la palabra
*saneop* (literalmente «industria» o «negocio»), pero aquí se refiere a la
«herencia» (o patrimonio). La frase «adquiridos de prisa al principio»
probablemente se refiere a un hijo que pide a su padre su parte de la herencia
por adelantado (Walvoord). Un ejemplo claro de esto es la conocida parábola del
hijo pródigo, que se encuentra en Lucas 15:11-20. El hijo menor le dijo a su
padre: «Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde» (v. 12). Así que
el padre repartió sus bienes entre ellos (v. 12). Me pregunto cómo se sintió el
hijo menor cuando recibió esa parte. Si usted estuviera en su lugar —recibiendo
su parte del patrimonio de sus padres anticipadamente—, ¿no se sentiría feliz?
Sin embargo, ¿qué registra la Biblia? El hijo menor tomó la riqueza que recibió
de su padre, viajó a un país lejano y la despilfarró toda llevando una vida
imprudente y disoluta (v. 13). Finalmente, tal como advierte Proverbios 20:21,
aquella herencia no resultó ser una bendición para él. En su comentario, el Dr.
Park Yun-sun interpreta el versículo 21 en relación con el versículo 20.
Identifica a la persona descrita en el versículo 20 —«quien maldice a su padre
o a su madre»— como un «sujeto despreciable» (o un «sinvergüenza») y explica
que ambos versículos abordan cómo tal persona desafía y se rebela contra sus
padres por cuestiones de propiedad. Señala que estos individuos a menudo provocan
conflictos familiares —principalmente por dinero— al exigir sus derechos
mientras descuidan sus propias responsabilidades; chocan con sus padres e
incluso recurren a palabras maliciosas y maldiciones (Park Yun-sun). Esta
interpretación me resulta convincente. Personalmente, considero verdaderamente
lamentable que los hijos se peleen por la herencia de sus padres. No hace
mucho, vi noticias sobre presidentes de grandes corporaciones coreanas —hombres
de inmensa riqueza— envueltos en disputas por las herencias recibidas de sus
padres; me pareció que su comportamiento daba un mal ejemplo. Por eso coincido
plenamente con el mensaje de Proverbios 20:21. Un detalle interesante es que,
mientras la Biblia coreana traduce el versículo 21 utilizando únicamente la
palabra para «al principio», las versiones en inglés incluyen la frase «al
final» junto a «al principio». Esto implica que, aunque uno pueda sentirse
feliz inicialmente al recibir una herencia anticipada —percibiéndola como una
bendición material—, dicha herencia finalmente no aporta una verdadera
bendición. Llevando esta reflexión un paso más allá, la riqueza heredada puede
conducir con el tiempo a amargas disputas entre hermanos, llegando a veces
incluso a la ruptura total de sus relaciones. Hace poco leí un artículo
publicado el jueves pasado (día 22) en la edición digital de *The Chosun Ilbo*
sobre un informe del medio de noticias empresariales estadounidense *Business
Insider*. El informe presentaba a 15 personas adineradas que decidieron no
transmitir sus fortunas a sus hijos; figuras descritas como «magnates que se
negaron a legar su riqueza». Entre los 15 figuran nombres que todos
reconocemos, como Warren Buffett, el fundador de Microsoft Bill Gates, el
fundador de eBay Pierre Omidyar, el alcalde de Nueva York Michael Bloomberg y
la estrella de cine de acción de Hong Kong Jackie Chan. Su filosofía rectora es
que la riqueza heredada puede arruinar a una persona. Por ejemplo, se cita al
magnate petrolero T. Boone Pickens diciendo: "Me encanta ganar dinero y
regalarlo... pero no me gusta transmitir riqueza, porque suele hacer más daño
que bien". Según se informa, la estrella de acción de Hong Kong, Jackie
Chan, dijo: "Si mi hijo tiene capacidad, ganará su propio dinero; si
carece de ella, simplemente malgastará el mío". Del mismo modo, se cita a
Warren Buffett diciendo: "Quiero dar a mis hijos suficiente riqueza para
que sientan que pueden hacer algo, pero no tanta como para que sientan que no
quieren hacer nada". ¿Qué opina usted al respecto? ¿Cómo se siente acerca
de dejar una herencia —sus bienes— a sus hijos?
Si
incluso personas que no son creyentes tienen tales opiniones sobre la herencia,
¿cómo deberíamos verla nosotros, los cristianos? ¿No deberíamos tener una
perspectiva de la herencia que sea correcta a los ojos de Dios, en lugar de
simplemente a los ojos de los hombres? Entonces, ¿qué constituye una visión
adecuada de la herencia ante Dios? ¿Qué dice la Biblia sobre la perspectiva que
nosotros, como hijos de Dios, debemos tener respecto a la herencia?
(1)
Debemos tener presente que somos herederos de Dios y coherederos con Cristo.
Observemos
Romanos 8:17: "Y si somos hijos, también somos herederos; herederos de
Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que
juntamente con él seamos glorificados". ¿Quién es un "heredero"?
¿No es acaso aquel que recibe una herencia? Esto significa ser "heredero
de las riquezas del Reino de Dios". Hemos llegado a ser herederos de Dios
únicamente por Su gracia y mediante la fe en Jesucristo. Además, nos hemos
convertido en coherederos con Jesucristo (Efesios 3:6). Hemos pasado a ser
herederos de las riquezas del Reino de Dios. Debemos tener este hecho
firmemente presente.
(2)
Debemos estar agradecidos por el hecho de que hemos heredado la vida eterna.
Observemos
Mateo 19:29: «Y todo el que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre,
madre, hijos o campos por mi causa, recibirá cien veces más y heredará la vida
eterna». Como herederos de Dios, hemos recibido la vida eterna como herencia
mediante la muerte y resurrección de Jesucristo. Esto es enteramente por la
gracia de Dios. El apóstol Pablo afirmó en Tito 3:7: «para que, justificados
por su gracia, llegáramos a ser herederos con la esperanza de la vida eterna».
Por la gracia de Dios, nos hemos convertido en herederos que poseen la
esperanza de la vida eterna. Debemos dar gracias por esta gracia de Dios.
(3)
Debemos anhelar el glorioso cuerpo nuevo y la morada celestial preparada para
nosotros en el cielo.
Observemos
Filipenses 3:20–21: «Pero nuestra ciudadanía está en los cielos. Y de allí
esperamos ansiosamente a un Salvador, el Señor Jesucristo, quien, mediante el
poder que le permite someter todas las cosas a su control, transformará
nuestros cuerpos humildes para que sean semejantes a su cuerpo glorioso». El
día que Jesús regrese, seremos transformados para tener un cuerpo semejante a
su cuerpo glorioso. Entonces entraremos en la morada celestial preparada por el
Señor (Juan 14:1–3) y viviremos con Él para siempre. Por lo tanto, como
herederos de Dios y receptores de la vida eterna, debemos vivir nuestras vidas
en la tierra anhelando el cuerpo glorioso y el hogar celestial eterno que
estamos destinados a heredar.
(4)
Debemos valorar la sabiduría que proviene de Dios por encima de cualquier
herencia recibida de nuestros padres terrenales. Observemos Proverbios 19:14:
«Las casas y las riquezas se heredan de los antepasados, pero una esposa
prudente proviene del Señor». Si bien la herencia que recibimos de nuestros
padres —como una casa o riquezas— es valiosa, una esposa sabia dada por Dios es
una herencia aún más preciada. El enfoque aquí no está meramente en la esposa,
sino en la «sabiduría». En otras palabras, la herencia que recibimos de Dios es
la sabiduría misma. Debemos valorar esta sabiduría más que las casas o riquezas
heredadas de nuestros padres. En tercer lugar, para vivir una vida recta ante
los ojos de Dios como cristianos, debemos tener una perspectiva adecuada sobre
los negocios.
Observemos
el pasaje de hoy, Proverbios 20:23: «Las pesas diferentes son abominación al
Señor, y la balanza falsa no le agrada». Al escuchar la palabra «balanza»,
recordamos Proverbios 16:11, texto sobre el cual ya hemos meditado
anteriormente: «La balanza y las pesas justas son del Señor; obra suya son
todas las pesas de la bolsa». Aquí, los términos «balanza» y «pesas» se
refieren a instrumentos de medición; específicamente, a aquellos que miden con
exactitud. En otras palabras, se trata de balanzas «justas» y «consistentes».
Más allá de Proverbios 20:23, el autor de Proverbios, el rey Salomón, afirma en
el versículo 10: «Pesas diferentes y medidas diferentes: ambas cosas son
abominación al Señor». ¿Qué significa esto? Significa que el cristiano sabio que
teme a Dios también aborrece las balanzas inconsistentes que Dios aborrece.
Dicho de otro modo, el cristiano sabio odia el engaño, algo que Dios mismo
detesta. En otras palabras, debemos odiar la deshonestidad, tal como lo hace
Dios. Por el contrario, así como Dios se deleita en las pesas justas (11:1),
nosotros también debemos deleitarnos en ellas; en pocas palabras, debemos ser
honestos.
Como
reflexionamos anteriormente sobre Proverbios 11:1, parece que en tiempos del
rey Salomón algunos comerciantes engañaban a los clientes respecto a la
calidad, el peso o la cantidad de las mercancías para obtener más beneficio de
ellos. Los métodos que empleaban incluían el uso de «pesas dobles» y «medidas
dobles». En resumen, estos comerciantes deshonestos utilizaban pesas más
ligeras y medidas más pequeñas al vender grano, para así entregar menos
cantidad, mientras que empleaban pesas más pesadas y medidas más grandes al
comprarlo, para recibir más. Aplicar esto a nuestras propias vidas ofrece
lecciones valiosas para los empresarios cristianos sobre cómo llevar sus
negocios de una manera recta ante los ojos de Dios. Esa lección, en esencia,
consiste en mantener una filosofía empresarial adecuada: una que busque la
honestidad que Dios ama y aborrezca la deshonestidad que Él detesta. Si los
comerciantes cristianos actúan con deshonestidad en sus tratos, debemos tener
presente que Dios aborrece tales prácticas. Nunca debemos actuar
deshonestamente para obtener ganancias injustas; Más bien, debemos ser honestos
en todas nuestras actividades comerciales.
La
Biblia ofrece otras perspectivas sobre una filosofía empresarial adecuada que
podemos considerar. Un ejemplo de ello se encuentra en Santiago 4:13-17:
«¡Atención ahora, ustedes que dicen: "Hoy o mañana iremos a tal o cual
ciudad, pasaremos allí un año, haremos negocios y ganaremos dinero"! Ni
siquiera saben qué sucederá mañana. ¿Qué es su vida? Son como la niebla, que
aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece. Más bien, deberían decir:
"Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello". Pero ahora
se jactan de sus planes arrogantes. Toda jactancia de este tipo es mala. Por
tanto, si alguien sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado». Hay tres
lecciones que los empresarios cristianos deben aprender de este pasaje:
(1)
Los empresarios cristianos deben hacer el bien.
Observemos
Santiago 4:17: «Por tanto, si alguien sabe hacer el bien y no lo hace, comete
pecado». Los empresarios cristianos deben saber hacer el bien. La Biblia afirma
que no hacerlo, aun sabiendo que se debe hacer, es pecado. Observemos 1 Timoteo
6:18: «Ordénales que hagan el bien, que sean ricos en buenas obras, y que sean
generosos y estén dispuestos a compartir». Los empresarios cristianos deben ser
generosos. Deben estar dispuestos a compartir y a participar en muchas buenas
obras. Observemos Hebreos 13:16: «Y no se olviden de hacer el bien y de
compartir con los demás, porque tales sacrificios agradan a Dios». Los
sacrificios —o actos de adoración— que agradan a Dios son hacer el bien y
compartir con los demás. Observemos 2 Tesalonicenses 3:13: «Y en cuanto a
ustedes, hermanos y hermanas, nunca se cansen de hacer el bien». Si los
empresarios cristianos hacen el bien confiando únicamente en sus propias
fuerzas, llegará inevitablemente un día de desánimo. Sin embargo, si hacen el
bien mediante el poder de la gracia que Dios provee, no se cansarán ni se
desanimarán.
(2)
Los empresarios cristianos no deben incurrir en jactancia arrogante. Observemos
Santiago 4:16: «Pero ahora se jactan de sus planes arrogantes. Toda jactancia
de este tipo es mala». Las Escrituras declaran que es malo que los empresarios
cristianos incurran en tal jactancia arrogante. Veamos la última parte de
Jeremías 9:23: «...que no se jacte el rico de sus riquezas». Miremos el Salmo
49:6: «Los que confían en sus riquezas y se jactan de la multitud de sus
bienes». La Biblia nos dice que no debemos confiar en nuestra riqueza ni
jactarnos de nuestros bienes; en cambio, nos instruye a confiar en Dios.
Respecto a la «jactancia», la Biblia dice: «El que se gloría, que se gloríe en
el Señor» (2 Corintios 10:17), y «Si tengo que jactarme, me jactaré de las cosas
que muestran mi debilidad» (11:30). Los empresarios cristianos no deben
jactarse de sus fortalezas, sino de sus debilidades; y cuando se jacten, deben
hacerlo en el Señor. Veamos Jeremías 9:23-24: «Así dice el Señor: "Que no
se jacte el sabio de su sabiduría, ni el fuerte de su fuerza, ni el rico de sus
riquezas; sino que se jacte de esto el que se jacte: de tener el entendimiento
para conocerme, de saber que yo soy el Señor, que ejerzo misericordia, justicia
y rectitud en la tierra, pues en esto me complazco" —declara el Señor—».
Debemos jactarnos de conocer a Dios. Dios se complace en esto.
(3)
Si bien los empresarios cristianos idearán naturalmente diversos planes para
generar ganancias, siempre deben mantener la mentalidad y el hábito de
reconocer que sus vidas son apenas una neblina que aparece por un instante y
luego se desvanece; deben decir: «Si es la voluntad del Señor, viviremos y
haremos esto o aquello».
Consideremos
Santiago 4:14–15: «No saben qué sucederá mañana. ¿Qué es su vida? Son una
neblina que aparece por poco tiempo y luego se desvanece. Más bien, deberían
decir: "Si es la voluntad del Señor, viviremos y haremos esto o
aquello"». Cultivar esta mentalidad y este hábito es un verdadero desafío.
Requiere un esfuerzo intencional, respaldado por la oración y la confianza en
la ayuda de Dios. Una forma en que practico esto es meditando en estas palabras
de Santiago —reflexionando sobre cómo mi vida se asemeja a esa neblina
pasajera— cada vez que conduzco entre la niebla. Hacerlo me ayuda a adoptar una
perspectiva que mantiene la muerte presente. Cuando los empresarios cristianos
ven su trabajo a través del prisma de la mortalidad, se ven llevados a considerar
qué tipo de ganancia es la que realmente importa. Más allá de la simple
ganancia económica, necesitan contemplar en oración aquello que es valioso y
eterno, preguntándose qué clase de ganancia desea Dios ver producida a través
de sus negocios.
Además
de Santiago 4:13–17, otro pasaje esencial para los empresarios cristianos se
encuentra en Deuteronomio 8:17 y en la primera mitad del versículo 18: «Podrías
decirte a ti mismo: "Mi poder y la fuerza de mis manos han producido esta
riqueza para mí". Pero recuerda al Señor tu Dios, pues es él quien te da
la capacidad de producir riqueza...». Debemos tener esto presente: no
adquirimos riqueza mediante nuestras propias habilidades o la fuerza de
nuestras manos. Nunca debemos olvidar que obtenemos riqueza porque Dios nos
concede el poder para hacerlo. El empresario cristiano que cree en esta verdad
ciertamente no malgastará la riqueza que Dios ha provisto, sino que la
utilizará sabiamente para la gloria de Dios.
Los
empresarios cristianos deben tener una perspectiva adecuada de los negocios:
una perspectiva arraigada en la honestidad. Deben hacer el bien, evitar la
jactancia vana y —reconociendo que la vida no es más que una neblina que
aparece por un instante y luego se desvanece— cultivar la mentalidad y el
hábito de decir: «Si es la voluntad del Señor, viviremos y haremos esto o
aquello». Además, cuando adquieran riquezas, no deben afirmar: «He conseguido
esta riqueza gracias a mi propia habilidad y a la fuerza de mis manos», sino
que deben recordar que fue Dios quien les dio el poder para obtenerla.
En
cuarto lugar, para vivir como cristianos una vida recta ante los ojos de Dios,
debemos tener una perspectiva adecuada del futuro.
Observemos
el texto de hoy, Proverbios 20:24: «Los pasos del hombre son dirigidos por el
Señor. ¿Cómo puede, entonces, alguien comprender su propio camino?». ¿Alguna
vez se ha esforzado al máximo por hacer planes y perseguir una meta en su vida,
solo para descubrir que las cosas no salieron como usted pretendía? ¿Cuál es el
pensamiento principal que nos cruza la mente en esos momentos? Quizás piense:
«Las cosas en la vida simplemente no suceden como queremos». Si ni siquiera
podemos controlar nuestro propio corazón a nuestro antojo, ¿cómo podemos
esperar que los acontecimientos se desarrollen exactamente según nuestros
planes, por más diligentemente que recorramos ese camino? Aunque puede haber
momentos en que las cosas salen según lo planeado, son muchas más las ocasiones
en que no suceden como deseamos y enfrentamos dificultades. Me vienen a la
mente las palabras de Eclesiastés 7:14: «Cuando los tiempos sean buenos,
alégrate; pero cuando sean malos, considera esto: Dios ha hecho tanto lo uno
como lo otro, de modo que nadie pueda descubrir nada sobre su futuro». ¿Qué
significa esto? La Biblia *Hyundai-in* (Lenguaje Moderno) lo expresa así:
«Alégrate cuando las cosas vayan bien y reflexiona cuando enfrentes
dificultades. Puesto que Dios concede tanto la felicidad como la adversidad,
nadie sabe qué sucederá después». Respecto a la frase «nadie sabe qué sucederá
después», la Biblia *Gongdong-beonyeok* (Ecuménica) la traduce así: «Ten
presente que nadie sabe qué le depara el futuro, ni siquiera a un paso de distancia».
Amigos,
ciertamente podemos alegrarnos cuando las cosas van bien. Naturalmente, nos
sentimos felices y alegres cuando todo prospera. Pero queda la pregunta: ¿qué
debemos hacer cuando enfrentamos la adversidad? No hay problema cuando el
Señor, nuestro Pastor, nos hace «descansar en verdes pastos» y nos guía «junto
a aguas tranquilas», pero ¿qué debemos hacer cuando elegimos caminar por el
«valle de sombra de muerte»? (Salmo 23:2, 4). La Biblia nos dice que
«consideremos» o «reflexionemos» (Eclesiastés 7:14). ¿Qué significa esto?
Cuando encontramos dificultades o adversidades, debemos mirar hacia el pasado.
Al reflexionar sobre el pasado, debemos recordar las dificultades que
soportamos y contemplar la gracia del Dios que nos libró de ellas. Esta es la
perspectiva correcta sobre el pasado. Cuando hacemos esto, llegamos a creer que
el mismo Dios de salvación nos librará de las dificultades que enfrentamos en
el presente. Entonces, podemos afrontar nuestra realidad actual y desafiante
con fe y con la seguridad de la liberación. Aunque las circunstancias difíciles
no hayan cambiado, nosotros sí hemos cambiado; por lo tanto, avanzamos con
valentía a través de esas dificultades, sostenidos por la fe. ¿Por qué,
entonces, Dios no nos concede únicamente la bendición de la prosperidad y la
felicidad, sino que también permite que enfrentemos la adversidad y las
dificultades? La razón es que Dios dispone ambas cosas para que no podamos
comprender plenamente lo que nos depara el futuro (Eclesiastés 7:14). Si bien
podría parecernos preferible saber qué nos espera, si conociéramos nuestro
futuro, sin duda cometeríamos aún más pecados contra Dios. Conocer el futuro
seguramente nos volvería arrogantes, llevándonos a dejar de confiar en Dios.
Intentaríamos vivir a nuestro antojo, actuando como si fuéramos los dueños de
nuestro propio destino. Podríamos volvernos perezosos o —al encontrar
obstáculos— simplemente rendirnos y dejar que la vida siguiera su curso con una
actitud de resignación. Es mejor no conocer el futuro. Ver un partido de fútbol
cuando ya ha terminado y se conoce el resultado le quita toda la gracia; es
posible que uno ni siquiera quiera verlo. Es necesario que no sepamos; no
debemos conocer nuestro futuro. Sin embargo, la verdad innegable es que solo
Dios conoce nuestro futuro. En Isaías 44:7, Dios declara: «¿Quién es como Yo?
Que se levante y hable. ¿Quién anunció el futuro de antemano? Que nos diga lo
que ha de venir». ¿Quién de nosotros puede hablar de lo que sucederá? ¿Quién
puede predecir el futuro? No hay una sola persona en este mundo que pueda
hablar del futuro con audacia y certeza. Solo el Dios omnisciente conoce el
futuro y, respecto a todos los acontecimientos venideros, es únicamente la
voluntad soberana de Dios la que se cumple dentro de su providencia. Por tanto,
debemos prestar atención a las palabras de Proverbios 16:1 y 9, sobre las
cuales ya hemos meditado: «Del hombre son los planes del corazón, pero del
Señor es la respuesta de la lengua... El corazón del hombre planea su camino,
pero el Señor establece sus pasos». ¿Qué significa esto? Significa que, aunque
planeemos nuestro camino en el corazón, es Dios quien guía nuestros pasos.
Dios, que guía nuestro camino, nos habla en Jeremías 29:11: «Porque yo sé los
planes que tengo para ustedes —declara el Señor—, planes de bienestar y no de
mal, para darles un futuro y una esperanza». Debemos conocer estos pensamientos
de Dios. Debemos creer en estos pensamientos que Dios tiene hacia nosotros. Y
estos pensamientos de Dios deben convertirse en nuestros propios pensamientos.
En otras palabras, debemos vivir por fe, aferrándonos al futuro y a la
esperanza que se encuentran en el Señor. Debemos vivir por fe con este futuro y
esta esperanza, no solo en tiempos de prosperidad, sino también en tiempos de
adversidad.
Amigos,
¿cuál es nuestro futuro y nuestra esperanza? ¿No es acaso la Segunda Venida de
Jesús? Debemos cumplir fielmente la misión que el Señor nos ha encomendado en
esta tierra, mientras esperamos y tenemos la certeza de su regreso por fe,
sabiendo que un día estaremos ante Él para rendir cuentas. Creo que Jesús —que
es el mismo ayer, hoy y siempre— está con nosotros (Hebreos 13:8).
En
quinto lugar, para vivir como cristianos una vida recta ante los ojos de Dios,
debemos tener una comprensión adecuada del compromiso.
Observemos
el texto de hoy, Proverbios 20:25: «Es una trampa para la persona decir
precipitadamente: "Esto es santo", y solo más tarde considerar sus
votos». Al pensar en un voto hecho en oración, ¿quién de la Biblia le viene a
la mente? Yo pienso en Ana, del capítulo 1 de 1 Samuel. Como ya sabemos, Ana
era una mujer que no había podido concebir (versículos 5-6) y que hizo un voto
a Dios en oración. Veamos 1 Samuel 1:10-11: «En su profunda angustia, Ana oró
al Señor llorando amargamente. E hizo un voto diciendo: "Señor
Todopoderoso, si tan solo miras la aflicción de tu sierva y te acuerdas de mí,
y no te olvidas de tu sierva sino que le das un hijo, entonces se lo entregaré
al Señor por todos los días de su vida, y nunca pasará navaja sobre su cabeza"».
Dios se acordó de Ana, quien había hecho este voto (versículo 19), y le
permitió concebir y dar a luz un hijo llamado Samuel (versículo 20). Fiel a su
voto, una vez que el bebé Samuel fue destetado, ella lo llevó a la casa del
Señor en Silo (versículo 24) y lo dedicó a Dios para toda su vida. Escuche lo
que ella le dijo al sacerdote Elí: «Ana le dijo: "Perdóneme, mi señor. Tan
cierto como que usted vive, yo soy la mujer que estuvo aquí junto a usted
orando al Señor. Oré por este niño, y el Señor me ha concedido lo que le pedí.
Así que ahora se lo entrego al Señor. Por toda su vida estará dedicado al
Señor". Y allí adoró al Señor» (versículos 26-28). Ana dedicó a su
precioso hijo a Dios. Este es precisamente el tipo de devoción que debemos
imitar. Otro excelente ejemplo de devoción para imitar se encuentra en los
relatos del Nuevo Testamento sobre Jesús. Es la historia de una mujer llamada
María, quien derramó «un perfume muy costoso» sobre los pies de Jesús y los
secó con sus cabellos (Juan 12:3). La «María» mencionada aquí no es la madre de
Jesús, sino la hermana de Lázaro —a quien Jesús había resucitado de entre los
muertos— y hermana de Marta. Ella es la mujer que rompió un frasco de alabastro
y derramó el perfume sobre la cabeza y los pies del Señor cuando Él visitó
Betania antes de su entrada en Jerusalén. Según Juan 12:4-5, cuando María hizo
esto, Judas Iscariote, uno de los discípulos de Jesús, preguntó: «¿Por qué no
se vendió este perfume por trescientos denarios y se dio el dinero a los
pobres?». Al oír esto, Jesús comentó: «No dijo esto porque se preocupara por
los pobres, sino porque era ladrón; como encargado de la bolsa del dinero,
solía apropiarse de lo que se depositaba en ella» (versículo 6). Al reflexionar
sobre estas palabras de Jesús, podemos ver que dentro de la iglesia hay quienes
demuestran devoción como María, así como hay ladrones como Judas Iscariote.
Al
considerar a estas dos personas, observo un contraste entre quienes tienen una
visión correcta de la devoción y quienes tienen una equivocada.
En
primer lugar, ¿quiénes son las personas con una visión equivocada de la
devoción? Consideremos tres puntos:
(1)
Aquellos con una visión equivocada de la devoción son devotos solo de palabra.
Sinceramente,
¿cuántas personas dentro de la iglesia afirman estar consagradas al Señor y
servir a su iglesia meramente con los labios? Un servicio que consiste solo en
palabras sin acciones —una forma de devoción que es pura palabrería— no aporta
ningún beneficio a la iglesia. De hecho, es muy probable que tales personas
causen problemas dentro de la iglesia.
(2)
Aquellos con una visión errónea de la devoción son personas que albergan
codicia en sus corazones.
Hay
individuos dentro de la iglesia que parecen servir diligentemente —no solo de
palabra, sino también con hechos—, pero cuyos motivos subyacentes son impuros.
Son personas que sirven mientras albergan codicia en sus corazones; representan
un peligro considerable y pueden causar daño a la iglesia.
(3)
Aquellos con una visión errónea de la devoción son personas que se comprometen
con Dios precipitadamente.
El
«compromiso precipitado» se refiere aquí a alguien que hace un voto apresurado
ante Dios —prometiendo ofrecer algo— para luego reconsiderarlo más tarde.
Eclesiastés 5:6 aborda este asunto diciendo: «...no digas: "Fue un
error"». Por ejemplo, consideremos a alguien que recibe gracia mediante la
Palabra durante una reunión de avivamiento; cuando el evangelista invita a
pasar al frente a quienes deseen dedicarse a Dios, esta persona da el paso para
asumir ese compromiso. Sin embargo, al regresar a casa y reflexionar sobre el
asunto, decide que en realidad no puede cumplir la promesa y falta al voto
hecho a Dios. Veamos Deuteronomio 23:21-23: «Cuando hagas un voto al Señor tu
Dios, no tardes en cumplirlo, porque ciertamente el Señor tu Dios te lo
reclamará y serás culpable de pecado. Pero si te abstienes de hacer un voto, no
serás culpable. Debes cumplir lo que tus labios pronuncien, pues hiciste
voluntariamente el voto al Señor tu Dios con tu propia boca». Veamos Números
30:2: «Si un hombre hace un voto al Señor o presta juramento para obligarse
mediante una promesa, no quebrantará su palabra; cumplirá todo lo que haya
salido de su boca».
Entonces,
¿quién es una persona con una perspectiva correcta del compromiso?
(1)
Una persona con una perspectiva correcta del compromiso es aquella que cumple
fielmente los votos hechos a Dios, sin vacilaciones ni dudas posteriores.
(2)
Una persona con una perspectiva correcta del compromiso es aquella que se
dedica voluntariamente a Dios.
Veamos
el Salmo 110:3: «Tu pueblo se ofrecerá voluntariamente en el día de tu poder,
en santo esplendor; desde el seno de la aurora, el rocío de tu juventud será
tuyo». El corazón de una persona que posee una perspectiva correcta del
compromiso —y que se dedica voluntariamente a Dios— es sincero. Esto se debe a
que sabe que el Señor escudriña el corazón y se deleita en la sinceridad.
Veamos 1 Crónicas 29:17: «Sé, Dios mío, que tú pruebas el corazón y te
complaces en la rectitud. Por mi parte, con rectitud de corazón he ofrecido
voluntariamente todas estas cosas; y ahora he visto con alegría que tu pueblo,
aquí presente, te ofrece voluntariamente y de buena gana».
(3)
Una persona que tiene una perspectiva correcta de la dedicación es aquella que
ofrece humildemente al Señor.
Observemos
1 Crónicas 29:14: «Pero ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que podamos
dar tan generosamente como esto? Todo proviene de Ti, y solo te hemos dado lo
que viene de Tu mano».
No
debemos comprometernos con Dios precipitadamente. No debemos dedicarnos a Dios
con motivos impuros. Tampoco debemos ofrecer nuestra dedicación a Dios solo con
palabras. Por el contrario, debemos cumplir fielmente los votos que
solemnemente hemos hecho ante Él. Debemos dedicarnos a Dios tanto con gozo como
con humildad.
Quisiera
concluir esta reflexión. Hoy hemos recibido cinco lecciones sobre la vida
cristiana adecuada. Hemos aprendido sobre las perspectivas correctas respecto a
las relaciones humanas, la herencia, los negocios, el futuro y la dedicación.
Oro para que todos pongamos en práctica estas enseñanzas, viviendo una vida que
honre a Dios y le dé gloria.
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